¿Cómo proteger a los hijos de la violencia?

¿Cómo proteger a los hijos de la violencia?

 

Psicológicamente, la familia está concebida como el espacio para el crecimiento, cuidado y expresión de afectos, que contribuye a la formación de la personalidad de sus miembros, que a su vez, permite y asegura la preservación y continuidad de esta como grupo social. Sin embargo, existen dentro de la familia acciones de descuido y daño directo que atentan contra el bienestar y dirigen la vida familiar al deterioro. La prensa de cualquier ciudad presenta con más frecuencia de la que deseáramos, noticias que dan cuenta de la agresión de un miembro de la familia hacia otro u otros. Se convierte entonces la familia, en el principal escenario donde se experimenta violencia, y sus miembros adultos, los principales agresores en la vida de los más vulnerables en ella: niños, ancianos y mujeres.

Sin embargo, la violencia presentada por los medios de comunicación es la expresión extrema y aguda de la violencia familiar, de la cual nos sentimos muy alejados, aunque muy probablemente y sin darnos cuenta, pudiéramos estar en las primeras etapas del proceso que, si bien puede no desencadenar en las etapas dramáticas finales, siembra de todos modos, semillas que pueden germinar en sus miembros más jóvenes, comportamientos de incierto futuro.

La violencia dentro de la familia no aparece de manera repentina, la misma posee antecedentes en un inicio que se desdibuja y olvida. Particularmente, aparece como pauta de funcionamiento que inicialmente no daña, pero desagrada e incómoda, seguido de nuevas manifestaciones de progresión en el desagrado e inicial evidencias de daño leve, conllevando paulatinamente a daños más marcados (Paz, 2011)*.

Se hace prioritario trabajar por desterrar costumbres altamente dañinas para la convivencia y en especial para los miembros en formación, como lo son: el trato irrespetuoso, la ausencia de consideración, la comunicación en tonos altos y hostiles, la manifestación descontrolada de emociones displacenteras, la discusión acalorada y ofensiva como medio de resolución de conflictos, el uso del castigo físico como forma de disciplina, el no responder oportuna y eficazmente a las necesidades de los hijos. Debe considerarse una necesidad de primer orden erradicarlas y dejar de considerarles como pautas de funcionamiento familiar “características” de ciertas personas en la familia, o “tradiciones familiares” de áreas geográficas.

Como investigadora con más de 17 años en el área y a través del modelo explicativo por mi desarrollado, considero que la atención de orden preventivo debe dirigirse a esas prácticas familiares que aun cuando son aceptadas o toleradas socialmente, se convierten en el germen u origen de una pauta cuyo desenlace, puede no ser dramático, pero que es igualmente alarmante, el hecho que pueda llegar a serlo.

He concebido que el rango de violencia familiar lo componen tanto las expresiones de daño destructivo que termina con la desintegración de la familia y hasta con la vida de algunos de sus miembros, representando el extremo agudo del rango; pero igualmente sus manifestaciones iniciales, donde según mi modelo explicativo, se encuentra el real origen y explicación de la violencia familiar, en el cual se presenta como el desvío de la finalidad familiar de preservación y el uso de la fuerza que los adultos tienen y que las utilizan para dominar y controlar, en lugar de cuidar y apoyar.

Pareciese exagerado el ubicar el inicio de la violencia en la “simple” falta de cuidado y apoyo, pero es que como encontré en investigaciones de diferentes grupos poblacionales, sobre la representación que poseían de la violencia familiar y además basada en el apoyo teórico de la teoría de la “ventana rota” de Kelling  y Wilson (1982)**, la violencia inicia su expresión cuando no se hace ejercicio de los recursos de la familia para el provecho de esta, es decir, cuando no se cuida a la familia, dando lugar a que inicie el proceso de deterioro, con desenlaces lamentables en todas las intensidades en el cual se exprese.

Pero ¿por qué es tan importante evitar que la experiencia de violencia se experimente o se presencie, cuando somos niños?

  • En primer lugar, porque al padecerla, agrede en esencia nuestro respeto y estima, además de poder llegar a aniquilar la vida.
  • Porque de ser sobreviviente, son muchas las huellas psicológicas negativas que esta deja, siendo antecedentes de diversas patologías mentales.
  • Porque hemos enseñado a nuestros hijos, que el dañar a quien “supuestamente amamos”, es una acción válida de interacción.
  • Ser víctimas o espectadores de violencia, es un factor de riesgo a la continuación de las prácticas violentas en las familias por ellos/ellas creadas.
  • Porque es la vía de erradicar menos costosa y con resultados altamente favorables para la salud psíquica individual y la armonía y bienestar familiar, pero subsecuentemente, para la paz y seguridad colectiva.

Toda esta introducción no es más que la justificación a la pregunta que el título de este artículo plantea, sobre cómo proteger a nuestros hijos de la vivencia de violencia familiar en cualquiera de sus expresiones. Y es que la principal y única respuesta se encuentra en las pautas que poseemos y costumbres que practicamos, en nuestro diario interaccionar familiar. Algunas de las recomendaciones son:

  • Controlemos la manifestación de nuestra ira. No discutamos, sancionemos o indiquemos faltas cuando estamos molestos.
  • Seamos conscientes y responsables con las expresiones verbales que usamos y los juicios de valor que emitimos, cuando hablamos con o en frente de nuestros hijos.
  • Cuidemos el tono de nuestra voz. Los tonos bajos y medios al hablar son los recomendados para dar instrucciones y aclarar situaciones.
  • Estemos atentos o seamos conocedores de la ubicación de nuestros hijos, más aún cuando están en silencio.
  • Escuchemos atentamente las demandas de nuestros hijos, pero si estuviésemos ocupadas/os, escuchémosle inicialmente, valoremos la importancia de la situación y si no amerita nuestra inmediata atención, digámosle que no podemos atenderle al momento, pero que en cuanto nos desocupemos, lo haremos y por supuesto, cumplirles.
  • Creamos lo que nuestros hijos nos cuentan, sobre todo, si se trata de experiencias consideradas por ellos amenazantes o de desagrado, no importando a quién señalen como autor.
  • Abriguemos a nuestros hijos en sus temores, no descalifiquemos su emoción, por muy insignificante que nos parezca el estímulo atemorizador.
  • Apoyemos a nuestros hijos en sus sueños, retos y responsabilidades.
  • Acompañemos a nuestros hijos en sus momentos personales y sociales importantes: actos del colegio, consultas médicas, fiestas, etc.
  • Demostremos y ensayemos con nuestros hijos acciones nuevas o que ellos puedan considerar de alta complejidad: vestirse, arreglar la cama, arreglar el closet, utilizar alguna herramienta u objeto del hogar, por ejemplo.
  • Tener paciencia ante sus dificultades, falta de destreza o de comprensión de tareas.
  • Planifiquemos nuestras responsabilidades en el día, dejando un espacio suficiente para las relacionadas con la dinámica del hogar y nuestros hijos (igual para padre y madre).
  • Conversemos con nuestra pareja en cuanto a las responsabilidades del hogar y lleguemos a acuerdos en lo relacionado a lo que cada uno puede asumir. Ambos deben sentir que existe equilibrio.
  • Manifestar el afecto y las emociones positivas como la alegría, entusiasmo y gratitud, tanto como podamos y en cualquier momento. Las sobredosis en ellas normalmente no son perjudiciales.

Por supuesto que la lista puede crecer y también modificarse en algunos aspectos según la etapa evolutiva en la que se encuentren nuestros hijos/as, pero lo más importante es evaluar nuestras acciones a la luz del criterio de cumplimiento de las funciones cuidado y apoyo, que estamos llamados a cumplir en nuestro rol de padres y madres.

Twitter/Instagram: @crispaz05

 

*Paz, C. (2011). Modelo generativo de violencia familiar. Propuesta de la tesis doctoral “Explicaciones intrapersonales, institucionales y culturales de la violencia familiar”. Universidad del Zulia-Venezuela.

** Kelling, G.; Wilson, J. (1982) Broken windows: the police and neighborhood safety. Atlantic Monthly. Mar; 249(3): 29–38

 

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Autor

Cristina Paz

Nacida en Maracaibo, Venezuela, actualmente resido en Florida. Psicóloga, Magister en Psicología Clínica, Doctora en Ciencias Humanas con acreditación de Actividades Postdoctorales en Ciencias Humanas. Profesora Titular- Jubilada de la Escuela de Trabajo Social de la Universidad del Zulia, Venezuela. Formada y facilitadora en terapia familiar sistémica, metodología de la investigación y psicología positiva. Investigadora en materia de familia y violencia familiar, desde 1999. Terapeuta familiar y asesora de procesos educativos. Ponente en eventos científicos, con artículos publicados en revistas indexadas. Mi lema: La determinación, el coraje y el amor, son los principales aliados en la consecución de nuestras metas.