Euro: el gran error histórico
Tres razones son responsables de que la Eurozona tenga al mundo al borde de una catástrofe económica
Eco-Notas - En diciembre de 1991 el Tratado de la Unión Europea fue aprobado en la ciudad holandesa de Maastricht. Su razón de ser resultaba evidente: el colapso de la Unión Soviética y la unificación alemana habían alterado por completo el delicado balance de poder sobre el cual se asentaba la Comunidad Económica Europea.
Maastricht definía la estructura de la nueva Unión en base a tres pilares: una moneda única, una política exterior común y un sistema común de justicia. De ellos, el pilar de la divisa común, el euro, resultaba el más trascendental.
La puesta en práctica del euro habría de realizarse en dos fases. Con la segunda de ellas, en enero de 1999, se iniciaba la puesta en circulación de monedas y billetes con esa denominación. Según Jean-Michel Quatrepoint el euro nacía como resultado "de una voluntad y de una impotencia". Voluntad de evitar que una Alemania reunificada se volviese demasiado poderosa o, alternativamente, que se alejase del resto de Europa. Impotencia frente a la imposibilidad europea de encontrar su propio espacio, luego del colapso del bloque comunista y del surgimiento de Estados Unidos como superpotencia única (Le Nouvel Economiste, April-May, 1998). El euro se planteaba así como la fórmula adecuada para seguir propulsando la integración europea ante los retos generados por el fin de la Guerra Fría.
Dos grandes visiones polarizaron la implantación del euro. Para algunos, el Viejo Continente se adentraría en una era de prosperidad y poder económico que lo llevaría a rivalizar con Estados Unidos. Para otros se abría una era de profunda incertidumbre, susceptible de conducir a grandes sacudidas. Entre los primeros sobresalían líderes políticos y burócratas comunitarios y entre los segundos líderes sindicales. El conocido sociólogo francés Emmanuel Todd, que se contaba entre los opositores, advirtió que el euro constituía el mayor error estratégico de Europa desde la aprobación del Tratado de Versalles en 1919. Sólo el tiempo, desde luego, podría emitir un veredicto.
A estas alturas resulta obvio hacia dónde apunta este último. Tres razones básicas son responsables de que la Eurozona tenga al mundo al borde de una catástrofe económica. La primera fue el haber proyectado la impresión de que el Banco Central Europeo daba igual trato a la deuda soberana de todos sus países miembros, con lo cual las deudas griegas o portuguesas eran equiparadas a la alemana. Ello no sólo alentaba el endeudamiento alegre de unos, sino los préstamos a manos llenas de otros. Tan sólo los bancos alemanes y franceses tienen acreencias de 125 mil millones de dólares con Grecia. La segunda es la camisa de fuerza macroeconómica que impone el euro a sus países miembros, lo cual no sólo hace difícil convivir con su rígida disciplina sino imposible disponer de flexibilidad de maniobra en caso de crisis. Así las cosas países como Grecia se ven imposibilitados de devaluar su moneda, lo cual no sólo la afecta a ella sino a todos los demás. La tercera es el inevitable efecto dominó que la disciplina común impone.
Ojalá los europeos puedan resolver por sí solos los gigantescos problemas adonde los condujo el euro sin arrastrar al mundo a una nueva gran crisis.
Alfredo Toro Hardy
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