Nadando contra la corriente
***En América Latina los costos de la apertura a lo "bestia" se hicieron sentir en diversos ámbitos
Eco-Notas - La apertura económica en China respondió al aforismo de Deng Xiaoping de cruzar el río sintiendo las piedras bajo los pies. Es decir, tanteando los riesgos y reaccionando frente a ellos. En América Latina, por el contrario, nos lanzamos a nadar contra la corriente. Los costos de esta apertura a lo "bestia" se hicieron sentir en diversos ámbitos.
En primer lugar se produjo la desaparición de parte del aparato industrial. De un lado aquellas empresas que no pudieron asumir el reto de la competencia quebraron. Del otro los suplidores locales de las empresas quebradas o privatizadas desaparecieron en forma masiva. Esto último porque las compañías privatizadas a capital extranjero sustituyeron en gran medida a los proveedores domésticos por cadenas de suministro intracorporativas. Entre 1980 y 2002 la participación industrial dentro de los PIB nacionales se redujo de manera drástica: en Argentina pasó del 29% al 15%, en Brasil del 31% al 19,9%, en Uruguay del 28,6% al 17%, en Perú del 29,3% al 14,4%, en Colombia del 21,5% al 13,5% y en Ecuador del 20% al 7% (Latinoamérica: Enciclopedia Contemporánea de América Latina y el Caribe, Madrid, Clacso, 2009).
Pero no solo se encogió el tejido industrial sino que el aparato tecnológico asociado a aquel desapareció. Décadas enteras de esfuerzos, destinados a generar tecnología endógena, llegaron a un final abrupto bajo la premisa de que en lo sucesivo la tecnología vendría del exterior. México, quien sentaba pauta en esta materia, evidencia de manera dramática los cambios ocurridos. Entre 1985 y 1997 el número de empresas electrónicas en Guadalajara, epicentro tecnológico mexicano, declinaron en un 71% y de las 25 empresas que quedaron en pie para aquel momento, 13 habían cerrado ya para 2005. En substitución a esa tecnología surgió "una economía de enclave confinada al sector internacional y desconectada de la economía mexicana... caracterizada por un sistema de innovación de maquila". Es decir, un sistema donde piezas provenientes del extranjero son ensambladas en plantas de propiedad extranjera con miras a su exportación, sin que la tecnología allí trabajada salga de su confinamiento de enclave (Gallagher and Porzecanski, The Dragon in the Room, Stanford, 2010).
El crecimiento económico, de su lado, se contrajo. Aunque en un primer momento ello no resultó evidente. De acuerdo a Joseph Stiglitz: "Pero resultó que este crecimiento inicial no era sostenible. El mismo se sustentó en fuertes préstamos desde el exterior y en una privatización que vendió a extranjeros los activos nacionales... Este crecimiento duró apenas siete años, siendo seguido por recesión y estagnación. El crecimiento en la década de los noventa fue apenas la mitad de lo que había sido en las décadas previas a 1980" (Making Globalization Work, London, 2006).
Lo peor de todo, sin embargo, fue el impacto social. De acuerdo al catedrático de Columbia, Greg Grandin: "Si tomamos a América Latina en su conjunto encontramos que entre 1947 y 1973 el ingreso per cápita creció en 73% en términos reales. En contraste, durante la época del fundamentalismo de mercado el crecimiento per cápita promedio fue de 0%" (Empire's Workshop, New York, 2006).
Alfredo Toro Hardy
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