La insensible historia de Ágora
Es Una Nota - El biopic histórico Ágora, es la última ocurrencia de Alejandro Amenábar, quien, pese a sus reputados antecedentes -Tesis (1996), Los otros (2001), Mar adentro (2004), etc., respaldadas con Oscares y Goyas- comete un error al intentar acercarse a la epopeya hollywoodense, entiéndase Ben-Hur (Wyler, 1959), Los diez mandamientos (DeMille, 1956) y varios etcéteras, confiando únicamente en su ciego presupuesto.
La historia tiene a su bien, reunir varios elementos épicos. Su composición visual, color y fotografía, son capaces de arrastrarnos hasta el año 391 d.C., con gran destreza y magnetismo. Vestuario y decorado, estimulan muchísimo la labor de Amenábar. La constitución de una Alejandría recta y convulsionada, es pues impecable. Y si a ello le sumamos las excelentes actuaciones de Rachel Weisz y Oscar Isaac, uno pudiera incluso llegar a pensar que estamos ante una gran película.
El filme en realidad pierde elementos cinematográficos, al apegarse a la historia con una inexplicable y académica obsesión. El guión resulta muy acorde y muy fidedigno, pero es aburrido y sin ritmo, y con una intriga tibia y desorientada. Abandona al espectador y a sus emociones, y abre el libro de historia para que todos nos durmamos. Su alegoría de filosofía, matemáticas, religión y astronomía, desfila erguida hasta el final, como si de eso se tratara el buen cine.
Existen varios clímax muy mal aprovechados, la secuencia en la que Ágora visiona el movimiento elíptico de la Tierra alrededor del Sol, es un momento emocionante e importante para la historia, la actriz dibuja la escena con muchísimo sentimiento, pero ni las cámaras ni la edición supieron sacarle partido. Lo mismo pasa en la secuencia de la quema de la biblioteca, por ejemplo. En adelante el filme es una monótona carrera hacia un final excesivamente anunciado.
El drama histórico es un género que debe sangrar más y sudar menos; y por supuesto, aprovechar en cada oportunidad las emociones. Salvaguardando la impresionante reconstrucción de la otrora metrópolis egipcia, Ágora sencillamente carece de alma.
Por Gabriel Vargas-Zapata
@gvargaszapata
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