| La Nota Profunda |
Por anticipado el furor contestatario por vía de reformas
Diversos regímenes buscan aplacar por anticipado el furor contestatario por vía de reformas
Lo que pueda ocurrir en Egipto, en el propio Túnez, y por extensión en la región en su conjunto, es aún una incógnita. Tanto Mubarak, como el primer ministro tunecino Mohammed Ganuchi, intentan garantizar la preservación de los regímenes dentro de un marco de reformas que aplaque la furia de las calles y jugando al desgaste del impulso contestatario.
A su favor cuentan con la falta de un liderazgo unificado por parte de las masas en rebelión. La situación puede decantarse en varias direcciones. Bien podría ocurrir como con algunos de los regímenes de Europa Central y del Este en 1989, cuyos intentos gatopardianos de que todo cambiara para que todo permaneciese igual, fracasaron rotundamente. Bien podría ocurrir como en Irán, después de las elecciones presidenciales de 2009, en donde la falta de unidad de la oposición y el cansancio de los manifestantes terminaron por desinflar la efervescencia.
Tanto en Egipto como en Túnez la espontaneidad de la revuelta constituye a la vez fuerza y debilidad. Lo primero porque es furia real y, por tanto, capaz de desbordar cuanto se oponga a ella. Lo segundo porque es furia sin dirección y, por tanto, capaz de agotar su energía sin consolidar cambios reales. Es obvio que quien enfrenta su embate no puede doblegarla por vía de la represión, como lo comprobó para su desgracia Ben Alí y bien pronto lo entendió Mubarak. Sin embargo, como en el ruedo la energía del toro se desfoga con el capote. Y tanto en Egipto como en Túnez se está en la fase del capote. El objetivo de quienes detentan el poder es ganar tiempo, con miras a lograr una transición tutelada susceptible de preservarles tanto de su antiguo control político como posible. Desde luego, en Túnez el daño hecho a las estructuras de poder preexistentes es mucho mayor. Sin embargo, el que mucho de ellas aún sobreviva, luego de la caída de Ben Alí, es buena muestra de la eficacia del proceso gatopardiano en marcha.
¿Quién podrá más, el toro que embiste o el torero que sostiene el capote? Si el impulso de las masas no decae es muy probable que los cambios tengan que resultar reales. Si lo hace, la transfiguración puede terminar resultando más cosmética que sustantiva. Lo curioso de todo esto es que quienes más tendrían que perder con el torero tendido en el ruedo, Estados Unidos y Europa, son quienes más limitan su libertad de maniobra a través de presiones públicas. Bien cabría referir, en este último sentido, una encuesta realizada en el mundo árabe en abril de 2010 por Pew Research Center y citada por Fareed Zakaria en la edición de Time del 14 de febrero 2011: el 82% de los egipcios aprueba la pena de muerte por lapidación para las mujeres adúlteras, 84% de ellos está a favor de la pena de muerte para los musulmanes que abandonen su religión y en la confrontación entre "modernizadores" y "fundamentalistas", el 59% se identifica con estos últimos.
En cualquier caso, diversos regímenes de la región comenzaron a curarse en salud, buscando aplacar por anticipado el furor contestatario por vía de reformas. Todavía es temprano para anticipar lo que ocurrirá. Lo único cierto es que estamos ante escenarios abiertos y fluyentes en los que todo es posible.
Por Alfredo Toro Hardy
Tanto en Egipto como en Túnez la espontaneidad de la revuelta constituye a la vez fuerza y debilidad. Lo primero porque es furia real y, por tanto, capaz de desbordar cuanto se oponga a ella. Lo segundo porque es furia sin dirección y, por tanto, capaz de agotar su energía sin consolidar cambios reales. Es obvio que quien enfrenta su embate no puede doblegarla por vía de la represión, como lo comprobó para su desgracia Ben Alí y bien pronto lo entendió Mubarak. Sin embargo, como en el ruedo la energía del toro se desfoga con el capote. Y tanto en Egipto como en Túnez se está en la fase del capote. El objetivo de quienes detentan el poder es ganar tiempo, con miras a lograr una transición tutelada susceptible de preservarles tanto de su antiguo control político como posible. Desde luego, en Túnez el daño hecho a las estructuras de poder preexistentes es mucho mayor. Sin embargo, el que mucho de ellas aún sobreviva, luego de la caída de Ben Alí, es buena muestra de la eficacia del proceso gatopardiano en marcha.
¿Quién podrá más, el toro que embiste o el torero que sostiene el capote? Si el impulso de las masas no decae es muy probable que los cambios tengan que resultar reales. Si lo hace, la transfiguración puede terminar resultando más cosmética que sustantiva. Lo curioso de todo esto es que quienes más tendrían que perder con el torero tendido en el ruedo, Estados Unidos y Europa, son quienes más limitan su libertad de maniobra a través de presiones públicas. Bien cabría referir, en este último sentido, una encuesta realizada en el mundo árabe en abril de 2010 por Pew Research Center y citada por Fareed Zakaria en la edición de Time del 14 de febrero 2011: el 82% de los egipcios aprueba la pena de muerte por lapidación para las mujeres adúlteras, 84% de ellos está a favor de la pena de muerte para los musulmanes que abandonen su religión y en la confrontación entre "modernizadores" y "fundamentalistas", el 59% se identifica con estos últimos.
En cualquier caso, diversos regímenes de la región comenzaron a curarse en salud, buscando aplacar por anticipado el furor contestatario por vía de reformas. Todavía es temprano para anticipar lo que ocurrirá. Lo único cierto es que estamos ante escenarios abiertos y fluyentes en los que todo es posible.
Por Alfredo Toro Hardy
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