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Prótesis que cambian la vida

implantesNota de Salud - A continuación copio parte del testimonio que me envió una venezolana que se sometió a una cirugía plástica para agrandar sus senos con las prótesis PIP. Me pide no revelar su identidad, por la gran vergüenza que siente, pero cree necesario compartir su historia para que otras veamos lo que ha vivido.

 

 

"A los 27 años tuve mi segundo hijo y luego de amamantarlo por más de 6 meses, pensé que era el momento de volver a mi talla y figura de soltera. Era la época del Dr. 90210, un reality show sobre cirugía estética; la mediática Joan Rivers aconsejaba vender el televisor, de ser necesario, para costear una cirugía estética (yo era fan Nº 1 de ese canal y comía esa basura día y noche). En mi angustia por lucir estupenda y viendo las consecuencias físicas naturales de la maternidad (que me parecían entonces el fin del mundo), me convencí que por más dietas y ejercicio que hiciera, no luciría tan perfecta como deseaba. Fui a un centro de estética en una renombrada clínica de Caracas que ofrecía los mejores precios (una amiga se había operado allí y decía estar feliz, que le había cambiado la vida, etc.). El director del centro de estética (y supuesto cirujano plástico) era un médico de menos de cuarenta años, la versión criolla del Dr. Robert Ray. Le expliqué que quería quitarme la barriguita, me dijo que Ok, que no había problema. Empecé a desvestirme, me miró el pecho con menosprecio y dijo: '¿Y las mamas?'. Mis senos eran pequeños y después de amamantar quedaron un poco caídos; la verdad es que hasta ese momento jamás me acomplejaron mis senos, pero allí frente a un 'especialista en belleza' me sentí pequeñísima, miserable, horrible. Con mucha vergüenza por mi fealdad e insignificancia le permití que 'evaluara una solución' que se tradujo en un presupuesto. Regresé a mi casa sintiéndome 'humillada por mi realidad' y resuelta a cambiarla. Me las arreglé para convencer a mi esposo de la 'necesidad' de la cirugía y destinamos casi todas las utilidades a la liposucción e implantes mamarios. Quince días después estaba en la sala de operaciones. Era un consultorio pequeñísimo y entraba una mujer (o adolescente) para ser operada cada media hora. El ambiente era el de un mercado: usted llegaba, le despachaban el pedido lo más pronto posible y salía rápido para dejar el espacio a las demás 'clientes'. Cuando me tocó entrar a mi oí con horror los gritos de dolor que daba la que acababa de salir, me llené de pánico pero el asistente me dijo que eso era 'así'. Soy cobarde por naturaleza, así que intente calmarme y hacerme la idea que eso era normal. Así fue como entregué a esas manos inescrupulosas mis inseguridades, mis miedos, mis carencias y toda mi vulnerabilidad con la esperanza que con la magia del bisturí me cambiaría para mejor la vida a partir de ese día. Me desperté asfixiándome con un dolor terrible y que además de físico se duplicaría en dolor emocional. Después de la cirugía, no tardé en darme cuenta del tremendo error que había cometido. Al quitarme las vendas me sentía totalmente extraña, no era yo. Era una sensación parecida a la de llevar demasiado maquillaje, una especie de máscara pesada y molesta. Pensé que era cuestión de costumbre y tiempo, pero después de 8 años jamás volví a sentirme cómoda y relajada con mis senos como antes. Perdí la sensibilidad por donde metieron los implantes y el dolor se volvió mi compañero en los momentos más indeseados. Los días previos a la menstruación, el dolor se torna más intenso y prácticamente me incapacita por dos o tres días. Durante 8 años hice chequeos de ultrasonido para tratar de encontrar las causas del malestar, pero me decían que todo era normal. Quería quitármelos pero no tenía dinero. Durante los años que siguieron a la operación entendí que mi apariencia no determina mi felicidad, ni mi bienestar, ni mi satisfacción personal. Comprendí que había despreciado el cuerpo que Dios me había dado y lo había maltratado. En octubre, durante un chequeo, descubrí un ganglio axilar inflamado y me enviaron a hacer despistaje de cáncer y se vio que uno de los implantes se había roto. Días después estalló el escándalo de los implantes PIP y corrí al consultorio del médico que me operó para descartar mi peor sospecha. El médico (que resultó que no era cirujano plástico) había desaparecido. Aparentemente se fue del país hace más de dos años. Confirmé con varias pacientes de él que se trataba de implantes PIP (algunas tenían los certificados). En este momento estoy en una lista de espera del Seguro Social para que me retiren los implantes. Los médicos me advirtieron que se tratará solo de removerlos y no sustituirlos (ni ningún otro arreglo cosmético). Para estos casos se estableció una urgencia media, así que con suerte mi operación tendrá lugar quizás en dos o tres meses. Mientras tanto vivo con los malestares y la angustia de lo que me pueda o no pasar durante este tiempo. Dicen que cuando uno se convierte en madre tiene todos los hijos del mundo. Quiero compartir mi testimonio en una acción desesperada por evitarles a mi hija y a todas las mujeres el dolor físico y espiritual por el que he pasado. Le pido a Dios que se compadezca de mí y de mi arrogancia por querer 'arreglar' el regalo que con tanto amor me dio hace 34 años. Hoy sé que no necesito una figura perfecta, sino vida y salud para poder apreciar en toda su extensión y humanidad lo que me ha sido dado".

 

María Denisse Fanianos De Capriles

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