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Liverpool, peregrinaje para beatlemaníacos

 

beatles1Viajar Es Una Nota - Viajar a esta ciudad inglesa es ubicarse en el punto de partida de una de las agrupaciones musicales más influyentes del siglo XX. En calles, esquinas y edificaciones es posible reconocer los motivos de canciones que inmortalizaron a John, Paul, Ringo y George Detrás de la iglesia St. Peter, ubicada en la calle Paradise de la zona sur de Liverpool, existe un jardín que en sí mismo no ofrece nada especial.

Sería un lugar de solaz cualquiera, con el atractivo envejecimiento que caracteriza a las edificaciones europeas concebidas al estilo neogótico. Ésa en particular fue construida en 1887, pero cobró relevancia mundial 70 años después porque fue ahí, bajo la sombra de algunos árboles ­ahora centenarios­, donde John Lennon estrechó la mano de Paul McCartney por primera vez.

 

 

La ciudad está impregnada de eso: coincidencias históricas que arropan sus espacios, casi siempre con anécdotas ligadas a los Fab Four. Si su equipo de fútbol profesional no hubiese ganado 18 títulos nacionales y 5 Ligas de Campeones ­máxima cita de clubes del balonpié europeo­, y si John, Paul, Ringo y George no hubiesen nacido allí, el lugar no figuraría en el mapa turístico internacional.

 

Pero fue así, y gracias a ese par de detalles gigantes, Liverpool es más que el segundo puerto de exportación del Reino Unido, tanto que en 2008 fue declarada Capital de la Cultura Europea.

 

Recorrer el corazón de la ciudad, para fanáticos de The Beatles, es como hacer peregrinaje por el Camino de Santiago ­en España­ para un creyente católico. Todos los caminos confluyen en Mathew Street, la verdadera matriz, La Meca.

 

A pesar de que cada integrante tiene su lugar de nacimiento particular, su historia como grupo comenzó en ese centro de bloques manchados por los años y el hollín.

 

La vía empedrada permanece intacta. En una esquina está ubicado el Hard Day's Night Hotel, nombre con el que bautizaron su primer filme. Representa la estancia ideal para quien lleva un poco más en el bolsillo y no tiene la necesidad de recurrir a hostales baratos en la periferia. El lobby, las habitaciones, los pasillos, los ascensores, los baños, el bar, los botones, todo está impregnado por la gesta de unos héroes que, en lugar de fusiles, llevaban instrumentos musicales.

 

Vereda de grandes anécdotas

 

A lo largo de la calle, atestada usualmente por músicos urbanos, saltan a la vista tiendas de recuerdos y estatuas de los ídolos. En la mitad destaca un letrero vertical brillante en amarillo que dice The Cavern Pub, pero ése no es el mítico local. El otro, el auténtico, lo que sería una suerte de templo de la música pop, se llama simplemente Cavern Club y tiene un aviso de neón rojo y letras blancas sobre ladrillos negros.

 

El bar, ubicado en el Nº 10 de Mathew St., abrió sus puertas en enero de 1957. Cuatro años después bajó por esas escaleras en forma de caracol Brian Epstein, el comerciante que fue cautivado por los jóvenes rocanroleros hasta el punto de convertirse en su manager y uno de los responsables de su extraordinario éxito.

 

La cueva, en la que tocaron casi 300 veces antes de conseguir un contrato con la disquera EMI, fue movida a unos metros de su ubicación original, restaurada usando los mismos ladrillos y reconstruida respetando su estructura. Aparentemente es un tugurio: 3 hileras de mesas fijas, divididas por gruesas columnas, todas orientadas hacia una tarima baja.

 

Pero desde que los autores de I Want To Hold Your Hand tocaron ahí, cobró tal relevancia que atrajo a bandas como Queen, The Rolling Stones, The Yardbirds, The Kinks, The Who y artistas como Elton John y John Lee Hooker.

 

Es una tasca más, que cobra las cervezas al precio del resto y tiene una frágil política de admisión. Pero, a pesar de sus paredes rayadas y su entrada gratuita, emana un aura de historia que puede atribuirse a cualquier otro monumento asociado a la cultura.

 

Paul McCartney volvió en 1999, esta vez montado en un Rolls Royce y no a pie, como aquel joven delgado que cambió la guitarra por el bajo. Allí grabó un CD/DVD conmemorativo de la primera presentación que ofreció su banda en ese mismo sitio 40 años atrás.

 

Lugar de canciones

 

El aeropuerto principal no lleva el nombre de un prócer, un rey, o un guerrero. Se llama simplemente John Lennon International Airport, y esas letras van acompañadas por el eslogan: Above us is only sky, una frase tomada de la letra de Imagine.

 

El rostro del compositor de In My Life, y el de sus compañeros Beatles, decora el terminal aéreo, así como algunas paredes y autobuses. Pero el delirio de los fans está en detalles, en pequeños letreros que respiran historia. Uno de esos está detrás de la iglesia St. Peter, en la lápida de una tal Eleanor Rigby, el nombre que inspiró una canción emblemática estrenada en 1966.

 

A pocos kilómetros de allí está el antiguo orfanato Strawberry Fields, que llevó a Lennon a componer una de sus piezas más nostálgicas. Y esa misma avenida lleva el nombre de Penny Lane, dos palabras que inspiraron a McCartney a excavar en su infancia para producir una hermosa melodía.

 

Las casas donde nacieron o se criaron Lennon, McCartney, George Harrison y Richard Starkey también son imanes de entusiastas, aunque la mayoría es propiedad privada y no han alcanzado la categoría de museos. También resulta atractivo el Albert Dock, desde el cual se percibe el río Mersey, que sirvió de fondo en muchas de las fotografías para las que posaron los jóvenes cuando apenas soñaban con ser Elvis.

 

En el mismo muelle está ubicado el Beatles Story, un extraordinario museo que constituye una cápsula concentrada de toda la euforia que despertaron en la década de los años sesenta. Justo al lado están las puertas de un establecimiento comercial que ofrece gran cantidad y variedad de mercancía asociada a los músicos y que representa un riesgo de dimensiones insospechadas para la cartera de los visitantes.

 

Por Gerardo Guarache Ocque

 

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