Mónaco: El principado de la vanidad
Es un acantilado de apenas dos kilómetros cuadrados, pero la dinastía Grimaldi encontró la manera de hacerlo brillar. La boda de Alberto II y Charlene Wittstock sirve de excusa para descubrir un territorio en el que el lujo no tiene límites
Viajar Es Una Nota - Era una roca. Un acantilado solitario en cuya cúspide los genoveses habían levantado una fortaleza infranqueable.
Pero en 1297 un monje franciscano tocó a la puerta y, con ello, ese diminuto territorio cambió de dueño y de suerte.
Los soldados le dieron refugio sin darse cuenta de que se trataba de una emboscada. Apenas entró, el supuesto fraile desenfundó la espada que llevaba escondida en su túnica y abrió las puertas del castillo. Entonces, François Grimaldi, el sabio, el primero, el impostor, se apoderó del lugar. Nacía Mónaco y con él una de las más viejas dinastías del planeta.
En ese estrecho enclave de dos kilómetros cuadrados, con el paso de los siglos, los astutos Grimaldi lograron levantar un principado denso en historia, drama, riqueza y también en atractivos para los turistas.
La boda de Alberto II y Charlene Wittstock efectuada el fin de semana es prueba fehaciente de cómo aquella roca se convirtió en piedra preciosa. Un Estado donde la fastuosidad y los excesos están permitidos, un paraíso fiscal en el que nadie juzga con recelo a los magnates por ostentar sus grandes fortunas.
Se ha transformado en la capital del jet set, de la Fórmula 1, de los casinos. Es el epítome de un mundo ajeno y codiciado por la mayoría de los mortales que llegan hasta allí para jugar a ser parte, así sea como irrelevantes espectadores, de ese microcosmos de ricos y famosos.
Pero bajo esa capa de frivolidad subyace un destino acogedor e interesante, donde es posible almorzar a precios asequibles, pasear sin complejos entre pintorescas callejuelas o disfrutar de unas vacaciones memorables sin regresar a casa en la bancarrota.
Es lo que trata de explicar Pierre, un parisino adinerado con quien entablamos conversación en el puerto de la Condamine, rodeados de gigantescos yates y veleros.
"Mónaco no es puro lujo. Por cada Ferrari Testarrosa ves un Fiat, un Peugeot. Cada vez que nos sentamos en una terraza, mi hijo los cuenta y ha concluido que la proporción es 50-50", afirma y sabe bien de lo que habla. Lleva 10 años viajando hasta allí en su barco cada semana por negocios.
"Lo que más me gusta de este lugar es la gente, pero no la del jet set. Ellos son apenas un grupo. Los verdaderos monegascos son personas atentas que no viven únicamente de las frivolidades".
Una vez en el distrito de Mónaco-Ville, la capital y antigua fortaleza a la que se accede mediante una empinada cuesta, le creemos. Un vistazo a ese pueblo medieval basta para comprender que el Mónaco de la vida real es mucho más amable que el de las revistas.
Allí, entre hermosas fachadas de colores y tiendas de souvenirs, queda el palacio. Data del siglo XIII y sus salas son el reflejo de siete centurias de soberanía ininterrumpida.
En un recorrido de 30 minutos con audioguías, en el que no da tiempo de aburrirse ni de perder la capacidad de asombro, los turistas conocen el salón amarillo, la sala mazarín y el trono, entre otras estancias.
Inevitable salir de allí envidiando la suerte de Carolina, Stephania y Alberto II, hasta que una visita a la catedral donde se encuentra el panteón de los Grimaldi, recuerda que, aún con todo su dinero y poderío, la familia real no ha logrado escapar de la desgracia.
Su madre, la glamorosa actriz Grace Kelly, casada con Rainiero III, murió en un trágico accidente de tránsito. El esposo de Carolina falleció a los 30 años de edad durante una competencia deportiva.
Si a estos episodios se le suma la extensa lista de amoríos tormentosos que han suscitado toda clase de historias en torno a la dinastía, de pronto parece verdadera aquella leyenda según la cual una gitana lanzó una maldición a los Grimaldi.
Condenados o no a la fatalidad, ellos han sobrevivido al paso del tiempo y demostrado para bien o para mal que no hace falta vivir en un país de grandes dimensiones para estar en boca de todos; ya sea por los consabidos escándalos familiares o gracias a fines más loables, como la contribución a la ciencia.
En 1910, el príncipe Alberto I, gran aficionado al mar, solicitó al científico Jacques Cousteau su colaboración para abrir el Museo Oceanográfico.
Emplazado frente al mar al que rinde tributo, este recinto ha sido reconocido como uno de los mejores y más antiguos acuarios europeos.
En el sótano, la parte más fascinante del recorrido, 90 tanques despliegan gran variedad de especies, cada una descrita en didácticos, y hasta poéticos, carteles: el engañoso pez escorpión, la etérea aguamala... y así.
En medio de detalles arquitectónicos que emulan un submarino y con un agradable fondo de música clásica, este paseo lo transportará aquellos tiempos en los que el mar era todavía un intimidante misterio.
En el primer piso se rinde homenaje a aquellos hombres que, como Alberto I, consagraron su vida al estudio de la oceanografía. Por la forma en que está estructurada la exhibición en una gran biblioteca con bustos, barcos de madera, criaturas en formol, un antiguo traje de buzo y el esqueleto de un inmenso cachalote capturado por el mismísimo príncipe uno se siente fisgoneando entre las pertenencias de algún navegante de principios de siglo.
Quienes tengan poco tiempo para conocer Mónaco agradecerán las modestas dimensiones del museo que exige, cuando mucho, dos horas de visita.
Bajo ningún concepto deje de ir, así no tenga demasiado interés en los peces. El edificio es de por sí una obra de arte.
Jugar a ser rico
Montecarlo encarna la vanidad. El lujo desmedido. El derroche sin remordimiento. Equivale, en pocas palabras, a la Disneylandia del azar.
Fue en este distrito de Mónaco donde, en 1863, construyeron el mítico Grand Casino en un intento desesperado por buscar una fuente de ingresos y atraer a la socialité europea. Acertaron.
El lugar desde hace décadas es un imán de millonarios, quienes conducen sus porsches o salen de las elegantes tiendas de la avenue de Ostende repletos de bolsas.
El arquitecto Charles Garnier, artífice de la Ópera de París, estuvo a cargo del proyecto del Grand Casino, que deslumbra aún en el siglo XXI con sus elementos característicos de la belle époque. También allí se encuentra la sala de ópera, donde la reconocida Filarmónica de Montecarlo suele hacer grandes presentaciones.
El ambiente invita a lucir las mejores galas, no porque sea un requisito explícito (lo es para ciertas salas), sino más bien porque la dinámica lo exige si se quiere interpretar el papel de quienes se acercan hasta allí para ganarlo o arriesgarlo todo.
Aunque se proponga el no jugar ni un céntimo y sólo asistir con intención de merodear, deberá cancelar 10 euros de entrada. No olvide llevar su pasaporte. Se lo pedirán.
Una vez allí, no apostar equivaldría a regresar del Vaticano sin haber admirado la Capilla Sixtina. El dilema se limita a cuánto. 50, 100 o 250 euros en la ruleta rusa o, incluso, montos mayores en salas privadas.
Si prevalece la mesura, sea por racionalidad o tacañería, y no quiere invertir más de 10 o 20 euros en el capricho, tendrá que resignarse a las traicioneras tragamonedas: algunos euros canjeados en una insignificante ficha.
Uno gira la palanca esperanzado, con el anhelo de que esa máquina titilante cambie súbitamente el destino. La posibilidad siempre existe, aunque las probabilidades casi nunca juegan a favor.
En todo caso, la experiencia en sí misma es un triunfo asegurado. Una inversión de vida, así pierdas. Como Mónaco. El principado de quienes no creen en la derrota. (Por María Isabel Capiello)




