Impasse en la OMC
La organización está en crisis. Su burocracia es pesada y lenta
El presidente de la Conferencia Ministerial de la Organización Mundial de Comercio, el buen ministro Aganga de Nigeria, calificó diplomáticamente de impasse el fallido resultado del reciente cónclave celebrado en Ginebra. El director Pascal Lamy hace de tripas corazón; pero, cual buen burócrata, prefiere la muerte a una renuncia precipitada, como reza la picaresca criolla.
Y es que después de diez años de negociación, la Ronda Doha del Desarrollo, que debía lograr un acuerdo multilateral que tumbase las barreras arancelarias y para-arancelarias al comercio mundial, sigue sin concluir y está, de hecho, en estado comatoso, atada a un respirador artificial.
Parte de la culpa es atribuible al dilema gramsciano según el cual lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer. El sistema económico mundial ha hecho aguas y la estocada final se la dio la debacle financiera de 2008; pero visto que el tinglado global respondía a los intereses de los países industrializados -el antiguo G-7-, éstos se resisten a ceder privilegios ante el ascenso de regiones emergentes, como Asia y Latinoamérica.
La OMC está en crisis. Su burocracia es pesada y lenta. Se ocupa de temas que poco tienen que ver con su mandato estatutario: su último informe anual analiza los subsidios a los combustibles en los países exportadores de petróleo en lugar de destinar los recursos de los contribuyentes a agotar los esfuerzos por alcanzar un tratado multilateral que derribe las murallas comerciales de los países desarrollados, a fin de que las economías pobres y emergentes puedan exportar y valorizar sus productos, reactivar la economía mundial y sacarla de la recesión en la que la sumieron los miembros del G-7.
Luis Xavier Grisanti
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