Hay historias que no se buscan: llegan con el olor de la tierra mojada, petricor y mandarinas; llegan con el silencio de una casa que ya no existe, con el eco de los pasos de los hombres que nos dieron el apellido. Mi familia paterna es así: un mapa que no se impone, sino que se revela lento, como si cada fragmento hubiera estado esperando que yo estuviera lista para comprenderlo.
Mi padre: el primer faro
Mi padre no ha sido un hombre perfecto —ninguno de nosotros lo es—, pero fue el primero que me enseñó que el amor también se escribe en gestos pequeños: en una mirada que protege, en el orgullo silencioso cuando pronunciaba mi nombre, en la forma en que se quedaba pensando, como si dentro de él viviera un mundo que los demás no alcanzábamos a ver. Sus ojos verdes siempre han sido ojos llenos de amor y comprensión.
Él carga un linaje enorme, que siempre presumió. Aunque su fortaleza no estaba en los títulos ni en las historias de abolengos antiguos; estaba en su capacidad de mantenerse en pie incluso cuando la vida era injusta.
De él heredé algo más fuerte que la sangre: la resistencia emocional, esa que sostiene incluso cuando la voz tiembla.
Mi abuelo: el silencio que lo decía todo
Mi abuelo paterno, don Cruz Parra, era un hombre alto, de mirada serena en tonos verdes y cabello blanco —aunque un día fue pelirrojo; en sus pecas se adivinaba—. Era un hombre de silencios largos. De esos que no incomodan, sino que acompañan. En su mirada había un cansancio antiguo quizá heredado de generaciones que caminaron mucho antes de llegar al lugar donde él nació.
Los abuelos de antes no hablaban; dejaban que la vida hablara por ellos.
En sus manos había historia. En su forma de mirar, memoria. En su forma de caminar, un eco de algo más antiguo que yo apenas ahora estoy entendiendo: la migración, el desarraigo, la búsqueda constante de un lugar propio.
Mi abuelo no sabía que yo terminaría buscando a toda la familia en archivos, en padrones, en expedientes, en nombres que se repiten como si quisieran asegurarse de no desaparecer. Pero quizá sí lo intuía.
Tal vez por eso me miraba como quien reconoce una continuidad.
Y aunque lo conocí muy poco —pues murió el mismo año en que yo nací, cuando yo tenía apenas unos meses—, mi mamita siempre me contó que todos decían que me parecía a él. Que mi cabello rojizo y mis ojos eran como los suyos. Él, con su ternura áspera de hombre antiguo, respondía:
“¿Cómo se va a parecer a mí esta niña tan linda?”
Esa frase, que me llegó a través de mi mami, fue mi primer puente hacia él.
Lo que se hereda sin decirlo
En mi familia paterna hay tres herencias que marcaron mi vida:
- La memoria
No la memoria literal, sino esa más profunda: la que atraviesa generaciones sin necesidad de contarse.
La memoria que se siente en los huesos.
- La lealtad
Mi padre y mi abuelo tenían un concepto muy serio de la palabra honor. Lo aprendí desde pequeña: en mi familia, lo que se promete, se cumple. Lo que se ama, se defiende.
- El arraigo que nace después del desarraigo
Somos descendientes de migrantes, sefarditas, conversos, conquistadores, campesinos, mujeres fuertes y hombres que cruzaron fronteras visibles e invisibles.
Ese movimiento —esa constante búsqueda— es parte de mí.
No soy quien soy porque nací en un lugar; soy quien soy porque vengo de una larga línea de personas que se atrevieron a comenzar de nuevo.
Lo que decidí hacer con esa herencia
Entendí que escribir mi genealogía no era un capricho: era una forma de darle voz a lo que mi padre y mi abuelo nunca dijeron. Era un acto de amor hacia ellos, hacia mí y hacia todos los que vinieron antes.
Hoy, cuando miro hacia atrás, sé que mi investigación, mis árboles genealógicos, mis búsquedas archivísticas, mis documentos y mis viajes interiores han sido una forma de recuperar la dignidad de mi linaje paterno.
Cada nombre que descubro, cada vínculo que compruebo, cada historia que reconstruyo, es una manera de decirles:
“Aquí estoy.
No los olvidé.
Camino con ustedes.”
La herencia emocional como brújula
Hay familias que heredan casas, terrenos o negocios.
La mía me heredó algo más valioso: la certeza de que las raíces no son un ancla, sino una brújula.
La presencia de mi padre Roberto y la memoria de mi abuelo Cruz sigue viva en mí.
En mis decisiones.
En mi trabajo.
En mi forma de mirar la vida.
Y hoy, al escribir estas palabras, entiendo que lo que me dieron —a su manera, en su tiempo, con sus silencios— fue un lugar en el mundo.
Un lugar que ahora me toca honrar, compartir, proteger y transformar.
Acerca de la autora
Yuritzi Isabel Parra Saldívar es genealogista, historiadora y escritora mexicana-española. Doctora por la Universidad de Zaragoza, especializada en redes familiares judeoconversas en la Nueva España, memoria sefardita y migraciones históricas. Es autora del proyecto Antropología en fábulas de mujeres y diosas mexicanas y de múltiples investigaciones genealógicas para la diáspora hispano-sefardita.
Combina archivo, narrativa e identidad para reconstruir historias familiares y dar voz a linajes silenciados.
Instagram: @giurith.zee
Correo: beeyee74@gmail.com
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