A muy poca gente en el mundo le gusta hablar de la muerte. Preferimos pensar que no tocará nuestra puerta de forma imprevista, como si solo se murieran los que vemos enfermos. Vivimos creyendo que tenemos tiempo… hasta que ya no lo tenemos.
La única vez que, colectivamente, la miramos de frente fue cuando nos obligaron a encerrarnos. Fue allí, en medio del miedo global, donde muchos prometimos ser mejores. Dijimos que perdonaríamos, que no dejaríamos para después lo importante. Escuchábamos con asombro:
—¿Sabes que la mamá de Fulano murió de Covid?
—¿Mi tía también? ¿Tan de repente?
Mi tía Luisa, con su sabiduría popular, solía decir: “Para morirse, lo único que se necesita… es estar vivo.” Así de simple. Así de contundente.
Y esta disertación sobre la muerte, ¿a qué viene, Marybel? A que recientemente una amiga se nos fue sin despedirse. Y su partida nos dejó una enseñanza que hoy queremos compartir…
Ella y otra amiga eran inseparables, cómplices de proyectos, sueños y risas, de pronto dejaron de hablarse. Todo comenzó con uno de esos desacuerdos que nadie sabe explicar bien con el tiempo, pero que en su momento se sintió como una herida abierta.
Una palabra mal dicha, una diferencia no resuelta… El silencio se instaló entre ellas.
Y con los días, se volvió costumbre. Ambas siguieron sus caminos, pero algo faltaba. Y no era solo la compañía: era la paz. Esa paz que se pierde cuando quedan situaciones sin resolver.
Pasaron meses —quizás años— hasta que se reencontraron. No fue un gran discurso lo que las reconcilió. Fue un abrazo sencillo, un “¿Cómo estás?”, con lágrimas escondidas, una risa que se escapó sin permiso y el perdón que no necesitó explicaciones.
Volvieron a verse. Compartieron otra vez. Pero la vida, con su fragilidad, no avisa. Una de ellas partió hace apenas unos días. Y la otra, en medio del duelo, decía: «Menos mal que volvimos y que no dejamos que el orgullo nos robara más tiempo».
¿Cuántas veces nos alejamos de personas que amamos por razones que, vistas desde la distancia, no valen la pena? ¿Cuántas veces dejamos transcurrir los días con el corazón encogido por no dar el primer paso?
Nos endurecemos por miedo a que nos hieran… Pero a veces, el verdadero dolor llega cuando ya no hay tiempo para abrazar de nuevo. Este no es un llamado a soportarlo todo. Es un recordatorio para no perder lo que vale la pena, por lo que, al final, no pesa tanto.
La vida es frágil. La paz es medicina. Y el amor no siempre necesita grandes discursos… pero sí pequeños actos de humildad.
En la Biblia, ese libro al que acudimos, encontramos en Romanos 12:18: «Si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos”.
La paz no siempre está en manos del otro, pero tú puedes hacer tu parte. No esperes que sea tarde. Vive, perdona, abraza. Porque la paz no es solo un deseo… es un camino que se recorre con decisiones pequeñas, antes de que el tiempo diga: “ya no hay más”.
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