Una crónica íntima sobre la memoria, el amor y las mujeres que nos enseñan a florecer incluso en el ocaso. Memoria y herencia femenina .
En mi casa, las flores y las sonrisas siempre florecen en otoño. Dueña de una voz dulce y melodiosa y de un carácter alegre y sonriente, así era mi abuela María Luisa. Era tan alegre que siempre cantaba y se alegraba con cualquier cosa. Yo, a veces, creía que lo hacía simulando una alegría superficial, pero no era así.
A ella siempre le sentaba bien su edad. A pesar de los años que habían pasado, seguía siendo una mujer fuerte y poderosa. Había superado muchas cosas. Con su apariencia buena y prolija, decidió comenzar a caminar lentamente por toda la casa, como si fuera una dulce parte de ella. Lo hacía cada vez que quería decirnos que ahí estaba, y yo sentía amor y paz al mismo tiempo. Su hija Lucía, es decir, mi madre, era parte de su alegría, al igual que la docena y media de nietos que tenía.
Ella había ayudado a traer al mundo a muchos bebés. Sus dedos estaban torcidos como piezas de un árbol cuyas ramas se hubieran adaptado a la actividad que realizaba. Acomodaba a los bebés y los traía al mundo: era una enfermera partera. Pero la conocían más, en lugares como Doctor Arroyo, como “La Partera”. Su vida fue un ejemplo para mí, pues habiendo superado la pobreza durante la Revolución Mexicana, ella y su hermana tenían que esconderse en el granero donde estaba el maíz, ya que los revolucionarios pasaban y muchas veces se robaban a las mujercitas jóvenes para tenerlas de mujeres.
Mi abuela es la historia, como la de tantas mujeres, llenas de ilusión, embarazadas y dejadas por cualquier razón. Esto puede extrapolarse a cualquier ciudad, en cualquier otro momento histórico de México. Las mujeres en mi familia casi siempre se han quedado solas.
A su vez, ella educó a mi madre, una mujer muy inteligente y que ha vivido siempre cerca de mí. Hoy, ya en su vejez, su mundo se ha vuelto más pequeño y silencioso. A veces siento que se pregunta si todo lo que entregó tuvo sentido. Yo sé que sí: su amor fue la raíz que sostuvo nuestra historia.
Me alegro de haber conocido a mi abuela materna. Ella representó cómo el amor por los demás debía manifestarse en acciones concretas y cómo los momentos de reflexión le permitían comprender en qué momentos del día había dado demasiada importancia a cosas que no debían tenerla. La recuerdo con sus ojos cerrados y un libro en las piernas; también cuando oía sus pasos: solo levantaba los ojos, sonreía y regresaba a su lugar, aunque sabía que su presencia me alegraba. Esa mirada era un saludo, siempre acompañada de una sonrisa.
Mi madre heredó de mi abuelita esa fuerza silenciosa, aunque también el destino de cargar sola con el amor.
Por esa presencia que siempre me acompaña, quiero compartir un momento que nunca existió, y sin embargo lo viví.
Vi a mi madre como era hace muchos años: sus manos arreglaban flores, su sonrisa iluminaba la habitación, y me decía con voz serena: “Sé feliz, corre, anda”. Fue un instante suspendido entre la nostalgia y la eternidad. En ese breve destello, el tiempo dejó de doler.
Mi madre siempre ha sido una mujer luminosa. De ella aprendí que la felicidad no se busca, se cultiva; que el amor no se mide en palabras, sino en gestos; que una mirada puede contener toda la paz del mundo.
Ella me ha enseñado a ver la vida con gratitud, a sonreír incluso en los días grises, a mantenerme firme sin perder la ternura.
Fue mi raíz, mi espejo y mi fuerza.
Hoy, su mente se ha ido perdiendo entre los pliegues del tiempo. A veces me reconoce; otras, me confunde con los recuerdos de otra época.
Y duele. Duele ver cómo la vida se va deshilando en su memoria, cómo los nombres se le escapan y los días se repiten sin sentido.
Pero también he descubierto en ese proceso una forma nueva —más silenciosa y profunda— de amar.
He comprendido que acompañarla en su decadencia no es perderla, sino encontrarla de nuevo: distinta, vulnerable, esencial.
Que en su fragilidad hay una enseñanza de humildad y de entrega.
Y que su sonrisa —esa misma que alguna vez me animó a correr hacia la vida— sigue floreciendo, aunque ya no sepa quién soy.
La memoria puede desvanecerse, pero el amor no.
Mi madre vive en cada palabra que pronuncio con dulzura, en cada flor que acomodo como ella hacía, en cada decisión de seguir viviendo con alegría, como me enseñó.
Su presencia sigue siendo mi brújula, su amor mi refugio y su ejemplo la semilla de todo lo que soy.
En otoño, cuando las flores parecen marchitarse, también florecen las sonrisas que el tiempo guarda en nuestra memoria.
Pueden leer en La Nota Latina/La Nota-Latina.com
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