Les cuento algo simple que me pasó hace unos días. Estaba haciendo fila en un café, de esos donde la espera se siente eterna. Una muchacha se me coló descaradamente. La Marybel de antes habría puesto esa cara que todos los hispanos sabemos hacer y que se refleja en un: “¿En seriooooo…?” Pero no.
Ese día, simplemente sonreí y lo dejé pasar.¿Por qué? Porque entendí que mi energía vale más que una pequeña victoria del ego. Y porque hay días en los que ganar es no engancharse.
Ese pequeño momento me recordó algo muy grande: La verdadera libertad no está en controlar lo que pasa… sino en cómo eliges reaccionar ante lo que pasa.
Porque, seamos honestos, la vida no siempre nos avisa:
El cliente difícil aparece cuando más trabajo tienes.
La enfermedad y muerte te asaltan de improvisto.
La crítica injusta llega justo después de dar lo mejor de ti.
El socio que parecía aliado te sorprende con una decisión que no esperabas.
O los cuernos aparecen en la pantalla de un concierto de Coldplay.
Y sí… hasta el que considerabas amigo te lanza un comentario o consejo descabellado, con una sonrisa que no sabes si es burla o ingenuidad.
Y allí, en ese instante, se abre un espacio entre el estímulo y tu respuesta.
Un espacio sagrado. Donde puedes elegir: ¿Reaccionas desde el impulso… o respondes desde la conciencia?
Porque no siempre es lo que pasa… sino cómo lo procesas. El poder no está en gritar más fuerte, ni en demostrar que tienes la razón. El verdadero poder está en ese segundo donde decides:
“No me voy a perder por esto”.
“Voy a respirar antes de responder”.
“Voy a guardar silencio… no por debilidad, sino por sabiduría”.
O incluso: “No voy a entrar en debate. Este consejo no me sirve, pero tampoco tengo que herir a quien lo dio”.
Y créeme… esa sabiduría se entrena: Cada día. Cada cliente. Cada conversación incómoda.
Cada vez que eliges tu paz sobre tu ego.
En la Biblia, ese gran referente, nos encontramos con Proverbios 16:32: «Mejor es el lento para la ira que el poderoso, y el que domina su espíritu que el que toma una ciudad”.
El dominio propio es el mayor signo de madurez. No te defines por lo que logras afuera, sino por lo que dominas dentro. El mundo aplaude a los que conquistan ciudades… pero Dios honra a los que conquistan su carácter.
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