Durante años, el podcast se entendió como un formato íntimo y esencialmente sonoro. Se escuchaba mientras se conducía, se cocinaba, se caminaba o se hacía ejercicio. Su ventaja estaba precisamente en no exigir una pantalla. Bastaban unos audífonos y una voz capaz de sostener una conversación interesante.
Esa lógica sigue vigente, pero ya no explica todo lo que está ocurriendo.
El nuevo informe de Nielsen sobre consumo de podcasts en 2026 muestra una convivencia clara entre escuchar y mirar. El 90% de los consumidores mensuales de podcasts continúa utilizando el audio, pero 62% también consume podcasts en video. La cifra confirma que el formato visual ya no es un complemento minoritario ni una simple estrategia promocional. Para una parte importante de la audiencia, ver la conversación se ha convertido en otra manera natural de consumirla.
La transformación tiene sentido cuando pensamos en cómo usamos hoy los medios. Una entrevista puede empezar en Spotify durante el trayecto al trabajo, continuar en YouTube desde una computadora y terminar en el televisor de la sala. El mismo contenido ya no pertenece a un solo dispositivo ni a una sola forma de atención.
Y esa flexibilidad está cambiando tanto a las plataformas como a los creadores.
Ver también forma parte de escuchar
¿Por qué queremos mirar una conversación que perfectamente podríamos escuchar?
Porque el rostro añade información.
Una pausa incómoda, una sonrisa, una mirada de sorpresa o la reacción silenciosa de quien escucha pueden cambiar por completo el significado de una respuesta. En entrevistas personales, culturales o de entretenimiento, la comunicación no verbal amplía aquello que llega al público.
El videocast recupera algo que la radio tradicional nunca podía mostrar: la química visual entre quienes conversan.
Esto resulta particularmente importante en formatos de entrevista. Cuando una persona cuenta una experiencia difícil, recuerda un momento emocional o responde una pregunta inesperada, el público no solo oye las palabras. También observa cómo las dice.
Nielsen encontró además que escuchar y mirar podcasts responden a comportamientos distintos. Los consumidores de audio tienden a utilizar el podcast de una manera más funcional, integrado con otras actividades del día. Quienes prefieren el video muestran una disposición más cercana al entretenimiento visual y a la interacción. No son necesariamente dos públicos separados; muchas personas alternan entre ambas experiencias según el momento.
YouTube ha tenido un papel decisivo en ese cambio. La plataforma anunció en 2025 que había superado los mil millones de usuarios activos mensuales de contenido de podcast, y a finales de ese año el consumo desde televisores había alcanzado más de 700 millones de horas mensuales. El dato es especialmente interesante porque rompe otra idea antigua: el videocast no vive únicamente en la pequeña pantalla del teléfono. También está entrando con fuerza en la sala de la casa.
En abril de 2026, los usuarios de YouTube Premium consumieron más de 800 millones de horas de podcasts, según la compañía. Eso ayuda a entender por qué YouTube empezó a tratar estos programas no como contenido secundario, sino como una categoría propia dentro de su ecosistema.
Spotify está recorriendo un camino parecido. En mayo de 2026 informó que más de 500 millones de usuarios habían reproducido al menos un podcast en video, un crecimiento cercano al 50% interanual. La plataforma también ha ampliado sus herramientas para distribuir, monetizar y medir el consumo visual de estos programas.
El podcast, entonces, ya no está dejando de ser audio. Está adquiriendo una segunda forma.
Lo que el videocast puede significar para las voces latinas
Para los medios y creadores hispanos en Estados Unidos, esta evolución abre una oportunidad especialmente interesante.
La comunidad latina tiene una larga tradición de conversación en radio: entrevistas, programas de opinión, espacios comunitarios, llamadas de oyentes, consejos, entretenimiento y relatos personales. Durante décadas, la radio fue uno de los lugares donde la audiencia hispana podía escuchar acentos, historias y preocupaciones que rara vez aparecían en los grandes medios estadounidenses.
El videocast toma buena parte de esa tradición y la traslada a un entorno donde la conversación puede circular mucho más allá de la ciudad donde fue grabada.
Una entrevista hecha en Miami puede ser vista esa misma noche en Los Ángeles, Nueva York, Houston, Puerto Rico, México, Colombia o España. No depende de la potencia de una antena ni del horario exacto en que salió al aire.
Esto resulta especialmente valioso para proyectos culturales, entrevistas con autores, emprendedores, artistas y líderes comunitarios. La conversación completa puede vivir en YouTube o Spotify mientras fragmentos específicos circulan posteriormente en Instagram, TikTok o Shorts.
El modelo cambia también la lógica de producción. Antes, una entrevista podía terminar cuando se apagaba el micrófono. Ahora puede convertirse en varios contenidos: el episodio completo, clips verticales, citas, pequeños momentos para redes y piezas promocionales para newsletter.
Pero existe un riesgo: confundir videocast con simplemente colocar una cámara delante de dos personas.
El video introduce nuevas exigencias. La iluminación, el encuadre, el espacio, el lenguaje corporal y el ritmo visual empiezan a importar. Al mismo tiempo, la producción no debería perder aquello que hizo valioso al podcast desde el principio: una conversación que pueda sostenerse incluso si cerramos los ojos.
Ese equilibrio es importante. Un buen videocast debería funcionar como experiencia visual sin depender completamente de la imagen. Si una persona decide escucharlo mientras conduce, la conversación debe seguir teniendo sentido.
También cambia la relación con la audiencia. En YouTube, los comentarios y las recomendaciones algorítmicas hacen que el episodio pueda convertirse en conversación pública. Spotify, por su parte, está incorporando más herramientas de interacción y personalización alrededor de los podcasts, incluidos sistemas que permiten hacer preguntas relacionadas con lo que se está escuchando o viendo.
Para los comunicadores latinos, eso implica pasar de una relación basada únicamente en “emitir” contenido a otra donde la comunidad responde, comparte, recorta, comenta y participa.
La radio conversacional no desaparece en este proceso. Nielsen sigue mostrando que la radio mantiene una enorme presencia dentro del consumo diario de audio en Estados Unidos y que, junto con los podcasts, concentra la mayoría del tiempo de audio financiado por publicidad.
Lo que está ocurriendo es una ampliación de formatos. Una buena conversación puede comenzar en una cabina de radio, continuar como podcast, publicarse en video y luego fragmentarse para redes sociales. Las fronteras entre radio, televisión, podcast y contenido digital son cada vez menos claras.
Y para una audiencia hispana acostumbrada a moverse entre idiomas, plataformas y generaciones, esa mezcla puede resultar especialmente natural.
El crecimiento del videocast no significa que el audio haya perdido relevancia. El dato de Nielsen lo demuestra con claridad: nueve de cada diez consumidores mensuales de podcasts siguen escuchando. Lo nuevo es que una mayoría considerable también quiere mirar.
Eso modifica la naturaleza del formato. El podcast nació como una experiencia que liberaba al oyente de la pantalla. El videocast no elimina esa libertad; añade otra posibilidad. Podemos escuchar mientras hacemos otra cosa o detenernos a mirar cuando la conversación, el invitado o el momento nos interesa especialmente.
Para los medios hispanos, esta evolución abre una oportunidad concreta. La tradición de la entrevista y la conversación comunitaria ya existe. Lo que cambia es la capacidad de llevar esas voces a nuevas pantallas y nuevas audiencias sin abandonar el valor de una buena conversación.
La pregunta ya no es si un podcast debe escucharse o verse. Cada vez más, la respuesta es: depende de dónde esté la audiencia en ese momento.
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