La validación: el peligro de buscar afuera lo que debe nacer dentro

Se mira al espejo y se siente más cansada que nunca. Ya no sonríe con los ojos como lo hacía de niña. Su piel ha perdido el brillo, su cabello ya no recibe la misma atención y tampoco se deleitan los hombres al verla bailar. Ni siquiera toma el cepillo para cantar en la ducha.

Ha perdido la habilidad de disfrazar sus miedos, sus demonios, sus contradicciones. Toma más café del que alcanza a contar para sobrevivir. Hace tiempo dejó de vivir. Y es que, a veces, seguir pasos ajenos también es una forma de morir.

Quien la conoce desde hace años siente una tristeza difícil de explicar. Porque su muerte no fue repentina. Ha sido lenta, inesperada, silenciosa. Muchos se preguntan cómo un águila ha decidido dejar de volar.

También les llama la atención la frecuencia con la que pregunta. Pregunta por todo y por nada, esperando encontrar consuelo en las respuestas. Si hace algo, o quiere hacerlo, comienza un bombardeo que revela su vacío:
“¿Sí te gustó de verdad?”
“¿Lo hice bien?”
“¿Tú crees que sí soy buena en esto?”
“¿Estás orgulloso de mí?”
“Pero dime la verdad, ¿sí estuvo increíble o no?”

Con tantas preguntas, cómo no va a querer café todo el día. Cada vez que intenta volver a volar, mira alrededor para asegurarse de que alguien la esté viendo antes de despegar. Parece que, aun estando rota, todavía conserva la capacidad de buscar validación, esperando que las respuestas no solo la consuelen, sino que también le devuelvan el alma.

Ella creía que aquello era normal: buscar afuera lo que necesitaba encontrar dentro. Pero no fueron los humanos quienes comenzaron a mostrarle la verdad. Fue la tierra, el mar y la selva quienes, poco a poco, le enseñaron que esa necesidad constante de validación la estaba consumiendo.

Sin darse cuenta, había puesto su valor en una respuesta, una aprobación, un aplauso. Siempre en la mirada ajena. Y eso agota. Porque nunca es suficiente. Calma por un instante, pero no sostiene. Entonces, cualquier silencio, crítica o indiferencia no solo duele: también la hace dudar de quién es.

El problema no es querer ser vistos. Eso es humano. El problema empieza cuando necesitamos que otros nos confirmen, una y otra vez, que sí valemos. Ahí dejamos de habitarnos y comenzamos a desaparecer dentro de la opinión de los demás.

También le enseñaron que, para volver a experimentar la vida, muchas veces hay que atravesar pequeñas muertes. Que así es como se miran los demonios de frente, se les pone nombre, se siente rabia por habernos permitido llegar hasta ese punto, y luego se empieza a recoger, con paciencia, cada pedacito del alma que quedó regado.

La diferencia esta vez era otra: no había molde ni reglas. Las piezas eran tan mágicas que podían reacomodarse a su antojo, hasta formar un rompecabezas nuevo. Uno más suyo. Uno más honesto. Porque muchas veces es solo en la oscuridad donde empezamos a aprender a encender nuestra propia luz.

No volvió a vivir de un día para otro. Volvió por partes.

No amaba por miedo a que la dejaran. Empezó a amar aunque la dejaran.
No volaba porque nadie se lo validaba. Empezó a recorrer el cielo aunque incomodara.
Volvió a bailar. Volvió a cantar. Volvió a brillar.
Y comenzó a encontrar adentro lo que durante tanto tiempo buscó afuera.

Entonces aprendió que la validación no es más que intentar hallar en otros lo que nos hace falta construir en nosotros mismos.

Y es también de esa forma lenta, esperada y profundamente explicada como uno vuelve a vivir.

Tatiana Restrepo

ACERCA DE TATIANA RESTREPO

Soy escritora, estratega de marca y creadora de Pa’l Cafecito de la Mañana, donde se elige una palabra cotidiana cada semana, se desmonta y se mira con diferentes perspectivas. Escribo sobre identidad, emociones y transformación, abriendo conversaciones más honestas sobre lo que significa ser humano, ser mujer, migrar, maternar, cambiar y reconstruirse

Marybel Torres
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