Podría pensarse inicialmente que se trata de un poema sobre dos personas que desayunan, pero lo cierto es que más que disfrutar de la primera comida del día, comparten un breve e íntimo juego en el que no habrá ganador.
Entre la medialuna
y el café
transcurre una mirada
vagan las
palabras.
Revolotea una historia
sin deudos.
Se cuela sin tropiezos
la sonrisa
la expectación
la ingenuidad.
La taza humeante
desborda puntos
suspensivos.
Con ligereza
los dedos abandonan
el plato y van tras otra
porcelana
que también es piel.
Sin sucumbir al trasnocho
los sueños
se degustan
lentamente
lejos aún de las
migajas.
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