Una genealogía para reconciliarnos: memoria, identidad y puentes entre México, España y América Latina

Durante años hemos aprendido a pensar la historia a partir de fronteras. México, Venezuela, Guatemala, Ecuador, Colombia, El Salvador, Perú, Chile, Argentina o España aparecen en los libros como historias separadas, casi como si hubieran nacido de manera independiente. Sin embargo, los archivos cuentan otra historia.

Los documentos muestran que las familias nunca respetaron las fronteras que hoy damos por sentadas, sencillamente porque muchas de ellas todavía no existían. Los comerciantes recorrían grandes distancias; los soldados cambiaban de provincia; los funcionarios de las monarquías ibéricas eran trasladados constantemente; los religiosos fundaban conventos y misiones en diferentes territorios; los mineros seguían el descubrimiento de nuevos yacimientos, y las familias se unían mediante matrimonios que hoy llamaríamos internacionales, aunque entonces ocurrieran dentro de una misma realidad histórica.

Una investigación puede comenzar en un pequeño pueblo de Castilla y terminar en Zacatecas. Otra se inicia en las Islas Canarias y continúa en Nuevo León. Una línea documental aparece en Sevilla, reaparece en Guatemala, prosigue hacia la Nueva España y, siglos después, vuelve a encontrarse en California o en el norte de México.

Las familias siempre estuvieron en movimiento.Y quizá por eso la genealogía resulta tan sorprendente: porque nos obliga a abandonar la idea de que nuestra historia comenzó únicamente en el lugar donde nacimos. Hace algunos años habría pensado que mi trabajo consistía solamente en reconstruir árboles genealógicos. Hoy creo que hago algo distinto. Reconstruyo puentes.

Cada vez que una familia logra comprender cómo llegó hasta el lugar donde vive, también comienza a descubrir que su historia forma parte de una historia mucho mayor.

Por eso me emociona cuando una línea aparentemente común termina enlazando con familias de otra región del continente; cuando una persona orgullosamente indígena encuentra también una rama europea sin que ello disminuya su identidad, o cuando alguien que siempre creyó tener un origen exclusivamente español descubre la profunda presencia de mujeres indígenas dentro de su árbol familiar.

La genealogía es un puente

La genealogía no sustituye una identidad por otra. Las reúne. Nos recuerda que la historia humana nunca ha sido una línea recta. Siempre ha sido un encuentro.

Quizá por eso me gusta hablar de la muchosidad mexicana. No como una categoría biológica ni como una nueva clasificación histórica, sino como una manera de reconocer que México es el resultado de miles de historias que aprendieron a convivir.

Somos la continuidad de pueblos originarios que desarrollaron conocimientos, lenguas y civilizaciones extraordinarias durante siglos. Somos descendientes de familias europeas que cruzaron el océano buscando oportunidades, huyendo de guerras, persecuciones religiosas o condiciones económicas difíciles. Somos también herederos de comunidades africanas y afrodescendientes que dejaron una huella profunda en nuestra cultura, nuestra música, nuestra gastronomía y nuestras familias. Y, en numerosos casos, nuestras genealogías nos conducen hacia familias sefardíes, portuguesas, italianas, francesas, libanesas, asiáticas y procedentes de muchos otros lugares que terminaron encontrando en América un nuevo hogar.

Nada de eso nos hace menos mexicanos. Todo ello ayuda a explicar por qué somos mexicanos. Quizá esa misma reflexión pueda ayudarnos a mirar de otra manera a América Latina.

Con demasiada frecuencia permitimos que un partido de fútbol, una diferencia política o un estereotipo nacional nos hagan olvidar cuánto compartimos. Nos burlamos unos de otros en las redes sociales, convertimos al vecino en rival y confundimos la competencia con el desprecio.

Sin embargo, la genealogía vuelve a sorprendernos. Cuando seguimos la historia de una familia durante trescientos o cuatrocientos años, descubrimos que las fronteras actuales aparecen muy tarde. Antes de las repúblicas ya existían grandes redes comerciales, religiosas, administrativas y familiares que recorrían el continente.

Un mismo apellido puede aparecer en documentos de México, Ecuador, Colombia, Perú, Bolivia, Venezuela o Argentina sin que ello resulte extraño. Una familia pudo dividirse entre diferentes regiones conforme surgían nuevas oportunidades económicas, rutas comerciales, centros mineros, misiones religiosas o asentamientos.

No significa que todos tengamos exactamente el mismo origen. Significa algo quizá más importante: que nuestras historias llevan siglos dialogando entre sí.

Y eso puede cambiar la manera de mirar al otro. ¿Qué ocurriría si antes de burlarnos de un argentino recordáramos que nuestras familias compartieron procesos históricos semejantes? ¿Qué pasaría si antes de despreciar a un ecuatoriano pensáramos que alguna rama de nuestra genealogía pudo recorrer los mismos caminos? ¿Qué sentiríamos al descubrir que un venezolano, un colombiano, un peruano, un mexicano o un guatemalteco pueden formar parte de una memoria histórica construida durante generaciones?

No dejaríamos de amar a nuestro país. Al contrario: comprenderíamos mejor el lugar que ocupa dentro de una historia mucho más amplia. Podemos sentir un profundo orgullo por México y, al mismo tiempo, admirar el legado de España, reconocer la grandeza de los pueblos originarios, valorar la aportación africana y respetar la historia particular de cada nación latinoamericana.

No existe contradicción en ello. Una identidad fuerte no necesita construirse despreciando a las demás. Puede fortalecerse comprendiendo de dónde procede y reconociendo las historias con las que ha convivido. Quizá el mayor regalo de la genealogía no sea descubrir un antepasado extraordinario, sino aprender a mirar con otros ojos.

Comprender que antes de las fronteras existieron las familias. Antes de las nacionalidades existieron las personas. Y antes de cualquier bandera hubo seres humanos que soñaron con dejar un mundo mejor para quienes vendrían después.

¿Nos debe pedir perdón España por la Conquista?

No es una pregunta sencilla y probablemente nunca tendrá una respuesta única. Pero la genealogía me ha llevado a formular otra pregunta que, desde mi punto de vista, resulta todavía más interesante: ¿A quién tendría que pedir perdón exactamente la España actual?

Cuando reconstruimos árboles familiares descubrimos algo que rara vez aparece en los debates públicos: muchísimos mexicanos descendemos de diferentes partes de aquella misma historia.

En una sola familia pueden confluir mujeres indígenas, soldados castellanos, campesinos extremeños, comerciantes portugueses, familias sefardíes, personas africanas, canarios, italianos o franceses. No son historias completamente separadas.

Son nuestras propias historias. Con frecuencia imaginamos el pasado como si hubieran existido dos grupos perfectamente definidos e inalterables: conquistadores y conquistados. Sin embargo, la realidad histórica fue mucho más compleja.

Hubo violencia y despojo, pero también alianzas indígenas, matrimonios, negociaciones, conflictos internos, resistencias, adaptaciones y nuevas comunidades que comenzaron a formarse desde las primeras décadas del periodo virreinal. Generación tras generación, aquellas familias construyeron una sociedad distinta de la que existía en Europa y diferente también de los mundos americanos anteriores a la llegada de los europeos.

De ese proceso histórico nacimos nosotros. Por eso me resulta insuficiente pensar el pasado únicamente desde la culpa heredada. Las personas que vivimos en la actualidad no tomamos aquellas decisiones, como tampoco podemos reducir a nuestros antepasados a un solo papel dentro de la historia.

Muchos de ellos intentaron hacer lo que los seres humanos han hecho en todas las épocas: sobrevivir, formar una familia, proteger a sus hijos y construir un futuro que imaginaron mejor. Detrás de cada migración hubo una esperanza. Detrás de cada matrimonio hubo un proyecto de vida. Detrás de cada nacimiento hubo una familia que imaginó un mañana posible.

Esto no significa ignorar el sufrimiento. La conquista produjo violencia, epidemias, explotación, pérdidas y profundas transformaciones para los pueblos originarios. Reconocerlo forma parte de una lectura honesta y respetuosa del pasado.

Pero comprender la historia también exige reconocer que, cinco siglos después, quienes vivimos en México somos herederos de muchas de esas experiencias al mismo tiempo.

Podemos llevar dentro la memoria de quienes resistieron y la de quienes llegaron. La de quienes perdieron su mundo y la de quienes trataron de fundar uno nuevo.

La de quienes migraron voluntariamente y la de quienes fueron desplazados o esclavizados. La genealogía nos impide separar con facilidad esas memorias porque, muchas veces, todas terminan confluyendo dentro de nuestras propias familias.

Por eso la memoria histórica no debería utilizarse para alimentar el resentimiento entre personas que no participaron en aquellos acontecimientos. Debería ayudarnos a comprender cómo llegamos hasta aquí, reconocer las heridas que permanecen y evitar que las injusticias del pasado continúen reproduciéndose en el presente.

Tal vez el mayor homenaje que podemos hacer a nuestros antepasados —indígenas, españoles, africanos, sefardíes y a todos los demás que forman parte de nuestra historia— no sea obligarlos a seguir librando, a través de nosotros, batallas que pertenecieron a su tiempo.

Tal vez el verdadero homenaje sea construir una sociedad capaz de aprender de su pasado sin quedar prisionera de él.

Una sociedad que sepa reconocer el dolor sin convertirlo en odio heredado. Que pueda recordar sin dividir. Que pueda reconciliarse sin olvidar. Porque nuestros antepasados nos dejaron algo mucho más valioso que una discusión sobre culpas colectivas.

Nos dejaron la posibilidad de existir. Y nosotros somos, precisamente, el encuentro de todas esas historias.

Tal vez, cuando entendamos eso, dejemos de preguntarnos únicamente de dónde venimos y empecemos a preguntarnos qué clase de comunidad queremos construir para quienes vendrán después de nosotros.

Porque la genealogía no solo reconstruye familias. También puede ayudarnos a reconstruir el respeto, la empatía y el reconocimiento entre pueblos que, durante siglos, han compartido mucho más de lo que imaginan.

 

Yuritzi Parra Saldivar
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