Vivimos rodeados de comparaciones. Nos comparamos con quien tiene más seguidores, con quien vende más libros, con quien parece tener una empresa más grande, una familia más feliz o una vida aparentemente perfecta. Sin darnos cuenta, empezamos a medir nuestro propio camino utilizando la historia de alguien más. Y allí comienza el cansancio. Porque nunca podremos ganar una carrera que Dios nunca nos pidió correr.
Hace poco comprendí una imagen que cambió por completo mi manera de mirar estas comparaciones. Pensé en la higuera y en el olivo. Sería absurdo que un olivo se sintiera fracasado porque no produce higos. Sería igual de absurdo que una higuera se sintiera inferior porque nunca dará aceitunas. Cada árbol fue creado con una identidad distinta, un propósito diferente y un fruto único.
Entonces me hice unas preguntas:
¿Por qué nosotros hacemos con tanta frecuencia lo que ningún árbol haría?
¿Por qué nos empeñamos en medir nuestra vida utilizando el fruto que Dios decidió entregar a otra persona?
Quizá esa influencer tiene millones de seguidores porque esa es la herramienta que Dios eligió para cumplir su misión. Quizá un empresario fue llamado a construir grandes compañías. Quizá otra persona fue creada para enseñar en silencio, acompañar vidas una por una o escribir o editar libros, como nuestro caso, que transformen el corazón de quienes los leen.
El problema comienza cuando olvidamos que el propósito nunca se puede comparar. Cada historia tiene un tiempo distinto. Cada vasija ha sido llenada de manera diferente. Cada camino tiene aprendizajes que los demás desconocen. No sabemos cuántas noches lloró esa persona antes de llegar donde está. No conocemos las renuncias que hizo. No sabemos qué le pidió Dios. Ni lo que le pidió dejar.
Compararnos es mirar solamente el fruto. Dios, en cambio, mira las raíces. Y las raíces siempre crecen en silencio. Por eso la verdadera pregunta nunca debería ser: ¿Por qué ella tiene eso y yo no? La verdadera pregunta es: ¿Estoy siendo fiel al árbol que Dios quiso que yo fuera?
Porque la paz no llega cuando finalmente nos parecemos a otros. La paz llega cuando dejamos de pedir disculpas por ser quienes Dios nos creó para ser. Y entonces ocurre algo hermoso. Dejamos de competir. Empezamos a admirar. Dejamos de sentirnos menos. Empezamos a agradecer. Dejamos de perseguir la historia de otros. Y comenzamos, por fin, a caminar la nuestra.
La comparación nos hace mirar el jardín del vecino. La gratitud nos enseña a cuidar el nuestro. Tal vez hoy no necesitas convertirte en otro árbol. Tal vez solo necesitas confiar en que Dios sabe exactamente por qué te hizo higuera, olivo, vid o cedro. Porque cuando dejamos de compararnos, descubrimos algo maravilloso. Nunca fuimos llamados a producir el fruto de otros. Fuimos llamados a dar el nuestro. Y ese fruto, cuando nace de la fidelidad y no de la comparación, siempre tendrá el aroma del propósito
En la Biblia encontramos: «Yo soy la vid; ustedes son las ramas. El que permanece en mí, y yo en él, dará mucho fruto; separados de mí no pueden ustedes hacer nada». Juan 15:5
Dios nunca pidió que todas las ramas produjeran exactamente el mismo fruto. Lo importante no era compararse unas con otras, sino permanecer unidas a la vid. Del mismo modo, nuestra misión no consiste en parecernos a alguien más, sino en permanecer cerca de Dios y permitir que Él produzca en nosotros el fruto para el que fuimos creados.
Gracias, gracias, gracias por leernos, compartir nuestros relatos y confiar en nuestra voz. En esta casa editorial, creemos en el poder de las palabras para construir puentes, elevar marcas y dejar huella. Estamos aquí para escribir tu historia, presentarte con propósito o convertir tu esencia en un libro que inspire.
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