Vivimos en una época en la que resulta muy fácil encontrar motivos para quejarnos. Las noticias, las redes sociales y las conversaciones cotidianas parecen recordarnos, una y otra vez, todo aquello que no funciona: un jefe injusto, una economía incierta, decisiones políticas que no compartimos, oportunidades que parecen llegar siempre a otros.
Y, seamos honestos, muchas de esas quejas nacen de situaciones reales. No se trata de negar que existe la injusticia, el dolor o la incertidumbre. La vida no siempre responde a nuestros planes ni reparte las cargas de manera equitativa. Sin embargo, hay una pregunta que cambia por completo la perspectiva: ¿Qué ocurre cuando la queja deja de ser una reacción momentánea y se convierte en nuestra forma habitual de mirar la vida?
La respuesta no está tanto en lo que sucede afuera, sino en lo que empieza a suceder dentro de nosotros. Cada vez que repetimos que nada depende de nosotros, comenzamos a creerlo. Poco a poco, cedemos el poder de nuestras decisiones a las circunstancias. Dejamos de preguntarnos qué podemos hacer y empezamos a convencernos de que no hay nada por hacer.
La queja no siempre nace de la falta de razón; muchas veces nace de la sensación de impotencia. Pero cuando permanece demasiado tiempo, termina construyendo una cárcel invisible: la de pensar que nuestro futuro está completamente en manos de otros. Y esa es una prisión muy difícil de abandonar. Dios no siempre cambia las circunstancias primero; muchas veces cambia nuestra mirada.
Con el tiempo he descubierto que la fe no consiste en esperar que desaparezcan todos los problemas. La fe consiste en creer que, incluso en medio de ellos, Dios sigue abriendo caminos que todavía no alcanzamos a ver. Quizá ese jefe difícil sea el impulso que necesitabas para atreverte a emprender. Tal vez esa puerta que se cerró evitó que entraras en un lugar que no era para ti. Puede que ese retraso, que hoy te desespera, esté preparando un encuentro, una oportunidad o una bendición que solo comprenderás con el paso del tiempo. No siempre entenderemos los porqués. Pero siempre podremos decidir cómo responder.
Y ahí aparece una verdad que transforma la vida: La queja consume la energía que la acción necesita. Cada minuto invertido en alimentar el resentimiento es un minuto que dejamos de dedicar a aprender, construir, pedir ayuda, capacitarnos, perdonar o dar el siguiente paso. No se trata de un optimismo ingenuo que ignora los problemas. Se trata de una esperanza activa. La acción puede comenzar con algo muy pequeño: hacer una llamada, actualizar un currículo, pedir consejo, iniciar ese proyecto que llevas meses posponiendo, aprender una nueva habilidad o simplemente decidir que hoy no permitirás que la amargura tenga la última palabra.
Porque las grandes transformaciones rara vez empiezan con un cambio espectacular. Casi siempre comienzan con una decisión silenciosa. La queja mira lo que falta. La acción descubre lo que todavía es posible. Y cuando damos ese primer paso, por pequeño que parezca, ocurre algo extraordinario: recuperamos la capacidad de participar en la historia que Dios sigue escribiendo para nosotros.
Quizá no podamos cambiar todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Pero siempre podremos decidir con qué actitud construiremos el puente hacia el siguiente capítulo de nuestra vida. Quejarse puede aliviar por un instante, pero nunca ha construido un futuro. Las soluciones nacen cuando dejamos de concentrarnos únicamente en aquello que escapa a nuestro control y comenzamos a actuar sobre lo que sí está en nuestras manos. Allí es donde la esperanza deja de ser un deseo y se convierte en una decisión.
En la Biblia encontramos: «No se inquieten por cosa alguna; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias». Filipenses 4:6
La invitación de este pasaje no es ignorar las dificultades ni fingir que todo está bien. Es recordar que la ansiedad y la queja no tienen la última palabra. Cuando llevamos nuestras preocupaciones a Dios y damos el paso que nos corresponde, descubrimos que la paz no siempre llega porque las circunstancias cambian, sino porque cambia nuestro corazón. Y cuando cambia nuestro corazón,también cambia la manera en que enfrentamos la vida.
Gracias, gracias, gracias por leernos, compartir nuestros relatos y confiar en nuestra voz. En esta casa editorial, creemos en el poder de las palabras para construir puentes, elevar marcas y dejar huella. Estamos aquí para escribir tu historia, presentarte con propósito o convertir tu esencia en un libro que inspire
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