Madres de luz, un poema de Eduardo Escalante

Seamos de la forma que deja,

mitad humana, mitad diosa,

el cuerpo tiene algo que decir,

sabe mejor que eso,

para escuchar el sonido de la vida rebelándose

ante los páramos de pliegues amorfos

o ante los imbéciles espejismos de felicidad,

cosa de belleza no esperando ser comprendida,

una iluminación naranja, si nuestro animal despierta,

para leer el sánscrito de las hormigas en la arena,

boxeamos las abolladuras en la selva alienígena

o las rocas sin rima y sin gracia,

haciendo miel con árboles honestos

a la vista de todos,

clausuramos nuestras miradas

si se trata de una jaula que no podemos mapear,

se cierran las puertas del lado equivocado,

–        de ese lado y de este lado –

llevamos el registro de las pérdidas de atardeceres en nuestros dedos,

soñamos sin enojos, cerrando el abismo de la falsa promesa,

escuchamos las campanas de la sangre,

con la complicidad de las estrellas royendo en la oscuridad,

para comernos este planeta y nos lleve al siguiente,

se enciende todo en llamas con una mano

y se tiende el carbón con la otra,

no hay más dios que la vida.

 

 

Eduardo Escalante
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