Durante años hemos discutido contigo como se discute con la familia: con amor, con enojo, con orgullo y con heridas que a veces ni siquiera entendemos del todo.
Te hemos convertido en imperio, en madre incómoda, en culpable histórica y en nostalgia al mismo tiempo. Pero quizá pocas veces nos hemos detenido a mirarte con honestidad, no desde los discursos políticos, sino desde aquello que nunca miente del todo: las familias, la memoria y los archivos.
Porque cuando los mexicanos abrimos nuestros árboles genealógicos ocurre algo extraño. Ahí apareces.
Apareces en los apellidos, en las cocinas conventuales, en las guitarras, en las plazas barrocas, en las palabras que usamos todos los días y hasta en las heridas que heredamos sin saberlo.
Pero también aparece algo más.
Aparecen mujeres indígenas que sostuvieron el nacimiento de un mundo nuevo. Aparecen conversos perseguidos por la Inquisición que cruzaron el océano buscando sobrevivir. Aparecen moriscos ocultos, soldados pobres de Extremadura, campesinos andaluces, hijos ilegítimos, criollos, comerciantes, africanos esclavizados y pueblos originarios que resistieron el derrumbe de su universo.
Tal vez por eso México es tan complejo: porque nació de una conversación entre mundos heridos.
México, España y la memoria de una herencia compartida
La historia oficial muchas veces intentó dividirnos entre vencedores y vencidos, entre españoles e indígenas, entre “ellos” y “nosotros”. Pero las familias cuentan otra historia mucho más incómoda y mucho más humana.
En América Latina, millones de personas descienden al mismo tiempo del conquistador y del perseguido. Del hombre que llegó con espada y de la mujer que sobrevivió al derrumbe. De linajes castellanos y de memorias indígenas que jamás desaparecieron del todo.
No somos una pureza.
Somos memoria acumulada.
Y quizá ahí está la verdadera grandeza del mundo hispano: en haber sido capaz de mezclarse, transformarse y sobrevivir incluso a sus propias contradicciones.
Porque el español que hoy hablamos ya no pertenece únicamente a un territorio. El idioma cruzó el océano y dejó de ser solamente español para convertirse también en mexicano, colombiano, argentino, venezolano, salvadoreño, caribeño y fronterizo.
En nuestras voces viven Castilla, Sefarad y Anáhuac al mismo tiempo.
El mundo hispano como comunidad cultural por construir
Por eso quizá ha llegado el momento de dejar de preguntarnos únicamente cómo nos dividimos y comenzar a preguntarnos qué podemos construir juntos.
Mientras otros espacios culturales del mundo fortalecen sus vínculos -la francofonía, la anglosfera, las comunidades árabes- el mundo hispano parece condenado a recordarse únicamente desde la culpa o el resentimiento.
Y, sin embargo, compartimos una de las herencias culturales más vastas del planeta:
una lengua común,
siglos de literatura,
archivos inmensos,
universidades,
música,
gastronomía,
memoria migratoria
y millones de historias familiares entrelazadas.
Quizá el futuro no esté en repetir viejas conquistas, sino en construir una comunidad cultural capaz de reconocerse en sus diferencias.
¿Por qué no imaginar un gran premio literario hispánico que una a España y América Latina desde la cultura y no desde la política? ¿Por qué no crear más puentes académicos, editoriales y artísticos entre ambos lados del Atlántico? ¿Por qué no entender, de una vez, que nuestra diversidad no destruye la identidad compartida, sino que la vuelve más rica?
Porque Hispanoamérica no es una copia de España.
Es su transformación más grande.
Y España tampoco puede entenderse ya sin América Latina.
Nos guste o no, la historia nos mezcló para siempre.
Tal vez ya es hora de dejar de mirarnos como extraños.
Con memoria, con contradicción y con esperanza,
Desde México.
Yuritzi Isabel Parra Saldivar


