¿Cómo se mira al mundo cuando la última certeza que te quedaba—la firmeza del suelo que pisas—también se desmorona?
En Venezuela, el terremoto no comenzó con el temblor de la tierra. Llevamos años viviendo en un sismo silencioso. El colapso de los servicios, la lucha diaria por lo básico y la obligación impuesta de «resistir» han trizado nuestra estabilidad mental mucho antes de que las paredes se movieran. Vivimos en un país con el alma cansada, donde la resiliencia dejó de ser una virtud y se convirtió en un mecanismo de supervivencia agotador.
Mirar al mundo hoy, después del susto físico y el recordatorio de nuestra fragilidad, requiere algo más que la trillada frase de «seguir adelante». Exige reconocer que estamos exhaustos. El sistema está roto, el entorno está desfasado de lo que merecemos como calidad de vida, y el cuerpo ya no encuentra de dónde sacar más fuerzas para aguantar.
Quizás, el primer paso para volver a mirar al exterior no sea reconstruir el afuera, sino abrazar el cansancio de adentro. Dejar de normalizar el desgaste. Permitirnos sentir el miedo, el peso de los años acumulados y el dolor de un país fracturado. Solo desde esa honestidad, sin la presión de tener que ser héroes invencibles, podremos encontrar una nueva forma de sostenernos. Juntos, no como quienes resisten un castigo, sino como quienes merecen, de una vez por todas, la paz.
La honestidad emocional como primer paso para sanar
Para sanar de verdad, hoy necesitamos coherencia emocional. Coherencia significa dejar de fingir que no pasa nada. Significa reconocer que estamos exhaustos de resistir y que el miedo que sentimos es el resultado acumulado de demasiados años de incertidumbre. No hay sanación posible si seguimos ignorando el dolor de nuestra propia trayectoria.
Sanar desde casa para reconstruir lo humano
Por eso, el camino de vuelta a la paz empieza desde casa, desde el núcleo donde reside nuestra humanidad más pura. Sanar a Venezuela implica que cada persona se dé el permiso de sanar su propio metro cuadrado. Es cuidar el espacio físico que habitamos, validar el cansancio de quienes amamos y tejer una red de ternura ahí mismo, en la cocina, en la sala, en el rezo compartido.
No podemos arreglar el sistema roto de la noche a la mañana, pero sí podemos evitar que termine de romper nuestro mundo interior. Al recuperar la paz en el corazón de nuestros hogares, devolvemos la coherencia a nuestras vidas. Y es desde esa raíz compartida, sanada con paciencia y verdad, desde donde este país volverá a ponerse de pie.
Este texto plantea una verdad difícil, pero necesaria: no se puede sanar un país si primero no se reconoce el desgaste profundo de su gente. La paz no comienza en los grandes discursos, sino en el permiso íntimo de dejar de fingir fortaleza permanente y empezar a cuidar lo humano, lo cercano y lo esencial.
@KarinaFigueroavip
El arte de vivir
Tu alma bajo tu luz propia
Especialista en Ontología del Ser 🌹


