Durante años, la conversación sobre el sueño estuvo dominada por consejos individuales: apagar las pantallas temprano, comprar mejores almohadas, mantener la habitación fresca, usar cortinas blackout, controlar la temperatura, evitar la cafeína por la noche o invertir en un colchón más sofisticado.
Todo eso puede ayudar. Pero parte de una premisa que no siempre es cierta: que todas las personas tienen condiciones mínimas para descansar. En 2026, el Global Wellness Institute colocó entre sus tendencias la creciente “sleep divide”, una brecha que separa a quienes pueden pagar por ambientes diseñados para dormir mejor de quienes ni siquiera controlan el ruido, el horario laboral o la cantidad de personas con las que comparten vivienda. La organización señala que la inseguridad económica, la vivienda inestable, el trabajo por turnos y los entornos de alto estrés reducen de manera significativa tanto la duración como la calidad del sueño.
La contradicción es evidente. Mientras algunos hoteles venden habitaciones con iluminación circadiana, sistemas de sonido, colchones inteligentes y programas de descanso, millones de personas regresan de madrugada de un segundo turno, intentan dormir mientras otros miembros de la familia empiezan el día o viven en zonas donde el tráfico, los aviones, las sirenas o los vecinos forman parte permanente del paisaje sonoro.
El descanso empieza entonces a parecerse menos a una decisión personal y más a un recurso distribuido de manera desigual. Los datos de Estados Unidos ayudan a medir el problema. En 2024, 30.5% de los adultos dormía menos de siete horas al día, según el National Center for Health Statistics. El mismo informe encontró diferencias por edad, sexo y grupo racial y étnico, y mostró que las dificultades para conciliar o mantener el sueño siguen siendo comunes.
Pero las diferencias económicas son todavía más reveladoras. Un análisis del CDC encontró que la prevalencia de sueño corto aumentaba a medida que disminuía el ingreso familiar: pasó de 29.3% entre personas con ingresos anuales de $75,000 o más a 38.1% entre quienes vivían con menos de $15,000 al año.
Ese dato cambia la pregunta. Quizá no deberíamos preguntar únicamente por qué algunas personas “no duermen bien”. También deberíamos preguntar qué condiciones de vida les permiten dormir.
Cuando descansar depende del trabajo y de la vivienda
El turno nocturno es uno de los ejemplos más claros. El cuerpo humano está regulado por ritmos circadianos que responden, entre otras cosas, a la luz y la oscuridad. Dormir durante el día después de trabajar toda la noche significa intentar descansar cuando el organismo está biológicamente preparado para estar despierto.
Los trabajadores nocturnos y por turnos presentan una mayor frecuencia de alteraciones del sueño, precisamente porque sus horarios chocan con ese ritmo natural. La literatura científica ha asociado el trabajo nocturno con mayor prevalencia de insomnio, somnolencia diurna y otros problemas relacionados con el descanso.
Para muchas familias inmigrantes, esta realidad puede aparecer desde los primeros años de llegada a Estados Unidos.
Hotelería.
Restaurantes.
Limpieza.
Construcción.
Seguridad.
Hospitales.
Almacenes.
Transporte.
Procesamiento de alimentos.
Son sectores donde los horarios pueden comenzar antes del amanecer, terminar después de medianoche o alternarse semana tras semana. Cuando a eso se suma un segundo empleo, el sueño deja de competir únicamente con el ocio. Compite con el ingreso necesario para pagar la renta.
Hay personas que no duermen menos porque prefieren ver televisión hasta tarde. Duermen menos porque llegan a casa a las 11:30 p. m. y deben levantarse a las 5:00 a. m. para comenzar otra jornada. La vivienda también modifica radicalmente la posibilidad de descansar.
Una habitación propia permite cerrar una puerta. Una vivienda compartida con varias personas quizá no. Una casa alejada del tráfico puede permanecer silenciosa por la noche. Un apartamento junto a una autopista, aeropuerto o avenida transitada no necesariamente.
Una persona con recursos puede reemplazar ventanas, instalar aire acondicionado, mudarse o utilizar aislamiento acústico. Quien vive al límite del presupuesto muchas veces tiene que adaptarse al espacio disponible.
Por eso el Global Wellness Institute insiste en que el entorno físico importa. Temperatura, calidad del aire, luz y ruido afectan la duración y fragmentación del sueño, y el debate de 2026 empieza a trasladarse desde “qué debes hacer para dormir” hacia “en qué condiciones estás intentando dormir”.
El problema no termina ahí. La inseguridad financiera también puede acompañar a la persona hasta la cama.
Una factura pendiente.
Una renta que aumentó.
El temor a perder horas de trabajo.
La preocupación por documentos migratorios.
Un familiar enfermo en otro país.
La necesidad de enviar dinero a casa.
El cuerpo puede estar acostado y, aun así, permanecer en alerta.
En ese sentido, la desigualdad del sueño no siempre es visible. Dos personas pueden dormir seis horas, pero una lo hace porque eligió quedarse viendo una película y la otra porque no tenía posibilidad material de acostarse antes. Las consecuencias no son iguales.
El sueño no debería ser un lujo de bienestar
Hablar de esta desigualdad obliga también a revisar el lenguaje del wellness.
La industria del sueño mueve cientos de miles de millones de dólares entre colchones, suplementos, dispositivos, aplicaciones, hoteles y tecnología. El Global Wellness Institute estima que la economía global relacionada con el sueño supera los $585 mil millones.
Eso demuestra cuánto valoramos descansar.
Pero también revela una paradoja: cuanto más sofisticado se vuelve el mercado del sueño, más evidente resulta que una parte importante de la población todavía necesita algo mucho más básico.
Tiempo.
Silencio.
Seguridad.
Estabilidad laboral.
Una habitación que no tenga que compartir con demasiadas personas. Un horario que permita dormir de noche.
El CDC relaciona el sueño insuficiente con mayor riesgo de obesidad, diabetes, hipertensión, enfermedades cardíacas, accidente cerebrovascular, ansiedad y depresión. También puede aumentar errores laborales y accidentes.
Por eso no se trata únicamente de sentirse cansado. Cuando determinados grupos tienen menos oportunidades de dormir bien durante años, el problema puede reforzar otras desigualdades de salud y productividad.
El concepto de “sleep divide” pone precisamente eso sobre la mesa: el descanso no está distribuido de forma neutral.
El ingreso importa.
La ocupación importa.
La vivienda importa.
El vecindario importa.
El acceso a atención médica importa.
Y también importa quién tiene suficiente control sobre su tiempo. Para las comunidades inmigrantes, esta conversación puede ser especialmente necesaria porque existe una narrativa frecuente alrededor del sacrificio: trabajar más horas, dormir menos, aceptar cualquier turno y seguir adelante porque “vinimos a progresar”.
Ese esfuerzo puede ser real y necesario durante determinadas etapas. Pero convertir la privación de sueño en una virtud tiene un costo. Dormir no es falta de ambición. No es pereza.
Y tampoco debería ser un premio que llega únicamente cuando terminamos todo lo demás. La medicina del estilo de vida está empezando a tratar el sueño y la salud circadiana como prioridades clínicas, incluyendo mayor atención al impacto del trabajo por turnos y a la necesidad de adaptar las intervenciones a la vida real de los pacientes.
Eso también supone una responsabilidad para empleadores y ciudades.
Horarios más previsibles.
Menos rotación innecesaria de turnos.
Diseño urbano que reduzca ruido.
Viviendas con mejores condiciones térmicas y acústicas.
Acceso a atención para trastornos del sueño.
Educación que no culpe automáticamente al individuo. Porque decirle a alguien que necesita ocho horas de sueño sin preguntarle cuándo termina su turno o cuántas personas duermen en su casa es ofrecer una recomendación técnicamente correcta pero incompleta.
Dormir bien sigue dependiendo de hábitos personales, pero no únicamente de ellos. Hay personas que pueden elegir cuándo apagar la luz y otras que primero deben esperar a que termine el segundo empleo, se calme el edificio o quede libre la habitación. Eso es lo que hace importante hablar de desigualdad del sueño.
No para convertir el descanso en otra discusión de clases, sino para reconocer que la salud también depende de condiciones sociales que no se resuelven comprando un wearable o un colchón nuevo. La próxima evolución del wellness quizá no consista en ayudarnos a dormir de manera más sofisticada. Quizá consista en lograr que más personas puedan dormir en condiciones dignas.
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