Pensemos por un momento en cuántas cosas que hoy consideramos normales fueron alguna vez motivo deilusión. Ese trabajo que tanto esperabas. El primer cliente que confió en ti. La casa que querías tener. La posibilidad de vivir de aquello que amas. Una persona por cuya recuperación oraste. Los hijos que crecieron. Una amistad que permaneció. Incluso cosas aparentemente insignificantes: poder preparar un café tranquilamente, escuchar la lluvia desde una ventana, recibir una llamada inesperada o sentarte alrededor de una mesa con las personas que amas. La vida tiene una manera curiosa de convertir nuestros antiguos sueños en parte del paisaje cotidiano.
Quizá por eso una de las formas más silenciosas de la pobreza sea necesitar que cada vez ocurra algo más grande para poder sentir alegría. Cuando solo lo extraordinario consigue emocionarnos, corremos el riesgo de volvernos espectadores distraídos de nuestra propia abundancia. No porque seamos desagradecidos, sino porque el ser humano se acostumbra. Aquello que ayer celebrábamos hoy puede parecernos insuficiente, y entonces comenzamos una carrera en la que cada logro dura apenas unos minutos antes de ser reemplazado por la siguiente expectativa.
Esto sucede con frecuencia en el mundo empresarial. El emprendedor que soñaba con conseguir sus primeros diez clientes alcanza cien y rápidamente comienza a preocuparse porque todavía no tiene mil. Quien celebró emocionado su primera venta deja de celebrar las siguientes porque ahora las considera normales. Quien deseaba ser reconocido finalmente lo consigue, pero inmediatamente empieza a mirar a alguien que tiene mayor visibilidad. Crecer no es el problema. El peligro está en permitir que el crecimiento nos anestesie.
La verdadera riqueza es poder seguir deseando lo que viene sin dejar de maravillarte por lo que ya llegó. Esa forma de abundancia no depende exclusivamente de una cuenta bancaria. Tampoco significa romantizar las dificultades, conformarnos con menos de lo que podemos alcanzar o abandonar nuestras aspiraciones. Podemos querer prosperar, construir empresas más sólidas, generar riqueza, viajar, crear oportunidades y alcanzar nuevos sueños. Pero también podemos aprender a detenernos de vez en cuando y reconocer que algunas de las cosas que hoy damos por sentadas fueron respuestas a oraciones que hicimos hace años.
Hay una frase bíblica que adquiere una dimensión especial cuando la miramos desde esta perspectiva: “Este es el día que hizo el Señor; nos gozaremos y alegraremos en él” Salmo 118:24.
La belleza de este versículo está en una palabra aparentemente sencilla: este. No habla únicamente del día en que todo salga como esperamos, cuando llegue el contrato, cuando aumenten los ingresos, cuando terminemos de pagar una deuda o cuando finalmente alcancemos esa meta que llevamos años persiguiendo. Nos habla de este día, con lo que tiene y con lo que todavía le falta. Para quienes emprendemos, dirigimos equipos o vivimos permanentemente construyendo algo, esta enseñanza es especialmente importante. Podemos trabajar por el mañana sin convertir el presente en una simple sala de espera.
Podemos pedirle a Dios nuevas oportunidades y, al mismo tiempo, agradecer las que ya puso delante de nosotros. Podemos querer llegar más lejos sin despreciar el lugar en el que estamos. La gratitud no disminuye la ambición sana; la ordena. Nos recuerda que nuestra vida no comenzará cuando consigamos la próxima meta. Nuestra vida está ocurriendo ahora. Tal vez por eso convenga hacernos una pregunta de vez en cuando: ¿todavía me emocionan las cosas que antes habría considerado extraordinarias? Si la respuesta es no, quizá no necesitemos inmediatamente algo nuevo. Tal vez necesitemos volver a mirar. Mirar la mesa. Mirar a nuestra gente. Mirar cuánto hemos avanzado. Mirar las puertas que sí se abrieron. Mirar las oraciones que ya tuvieron respuesta. Y recordar quiénes éramos cuando todavía soñábamos con algunas de las cosas que hoy tenemos.
Porque existe una diferencia enorme entre acostumbrarnos a una bendición y dejar de reconocerla. La primera es humana; la segunda podemos evitarla cultivando conscientemente la gratitud. Así que sigue soñando en grande. Sigue creciendo. Sigue construyendo. Celebra las nuevas oportunidades y trabaja por aquello que todavía quieres alcanzar. Pero procura que ningún éxito te quite la capacidad de emocionarte con un café mientras llueve, una conversación que alimenta el alma, una llamada de alguien que amas, una mesa compartida o una pequeña buena noticia que hace algunos años habría sido motivo de una gran celebración.
Y, sobre todo, ten cuidado de no alcanzar aquello por lo que un día oraste y acostumbrarte tanto a tenerlo que termine pareciéndote poco. Porque quizá la verdadera riqueza no consista en llegar al punto en que podamos tenerlo todo. Quizá consista en llegar muy lejos sin perder la capacidad de agradecer lo pequeño.
Gracias, gracias, gracias por leernos, compartir nuestros relatos y confiar en nuestra voz. En esta casa editorial, creemos en el poder de las palabras para construir puentes. elevar marcas y dejar huella. Estamos aqui para escribir tu historia y convertir tu esencia en un libro que inspire.
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